Responsabilidad Social Empresaria
 
La Responsabilidad Social Empresaria en Argentina
 
Antes de avanzar, es conveniente y necesario que diferenciemos dos tipos de acciones orientadas, en general, a mejorar la situación de las comunidades sobre las cuales se asientan las empresas: la filantropía y la inversión social.

La filantropía consiste fundamentalmente en donaciones monetarias o en especies que, en la mayoría de los casos, constituyen respuestas a pedidos específicos realizados por organizaciones sin fines de lucro. Al hacer filantropía, las empresas no se preocupan mayormente por el impacto social generado por sus donaciones ni se involucran activamente en su instrumentación, concluyendo la acción filantrópica generalmente con la propia donación.

Cuando las iniciativas llevadas adelante por la empresa, por otra parte, se diseñan y ejecutan en base a un programa detallado, podemos hablar de inversión social. A diferencia de la filantropía, pues, la inversión social puede ser definida como el uso planificado, controlado y voluntario de recursos privados en proyectos de interés público. En ocasiones, al emprender acciones orientadas a la comunidad, las empresas establecen alianzas estratégicas con ONGs en procura de facilitar su instrumentación y maximizar su impacto.

Aunque el objetivo fundamental de la filantropía o de la inversión social es actuar proactivamente sobre la comunidad, en ocasiones, más claramente cuando se trata de inversión social, las empresas esperan que la implementación de este tipo de acciones genere un impacto positivo no sólo en el otro, esto es, en el ámbito en el cual se aplique o destine la inversión, sino también en su situación, especialmente en sus finanzas (33).

Según una investigación realizada por el CEDES, las modalidades más comunes de contribución a la sociedad llevadas a cabo por las empresas en nuestro país han sido las de carácter filantrópico (34). En el marco de este paradigma, que todavía perdura, las empresas realizan sus acciones benéficas y caritativas generalmente de manera desorganizada y dispersa, situándolas en una dimensión totalmente ajena al planeamiento estratégico e ignorando los beneficios inherentes a estas acciones.

No obstante, se va tomando conciencia cada vez más de la importancia de incorporar una visión estratégica y planificada a la hora de solucionar determinados problemas comunitarios o sociales. En otras palabras, se va tomando conciencia de la importancia, tanto para la empresa como para la comunidad, de comprometerse, de asumir un rol activo, de hacerse cargo de las inversiones sociales en lugar de transferir simplemente donaciones a terceros sin ningún tipo de planeamiento o seguimiento sobre el cómo efectivamente se utilizan.

Estas apreciaciones, más allá de manifestar un cambio positivo (35), demuestran que en nuestro país la mayoría de las actividades y prácticas que pueden ser categorizadas como socialmente responsables se ubican actualmente en el plano de la filantropía y de la inversión social.

En este sentido, es evidente que la noción de responsabilidad social no está plenamente integrada a las prácticas empresariales, esto es, no forma parte aún de la planificación estratégica ni de las operaciones cotidianas. A su vez, demuestra que la necesidad de integrar la responsabilidad social a todas las actividades de la empresa y no exclusivamente a las de carácter externo no está cabalmente comprendida.

Es presumible que la existencia de un certificado integral como el que se propone en este trabajo contribuya a superar este tipo de desafíos pendientes. Enfatizando la presunción, creemos que la existencia del Certificado contribuirá decididamente a dilucidar la incoherencia que significa ser socialmente responsable únicamente de puertas para fuera y a que, en este mismo sentido, el multidimensional concepto de RSE no se reduzca a mero sinónimo de filantropía o, en el mejor de los casos, de inversión social.

Observando las modalidades de acción de las principales propuestas que levantaron la bandera del comportamiento socialmente responsable en nuestro país, podemos apreciar hasta dónde ha llegado y los límites con los que se ha topado la idea en nuestro país.

El Grupo de Fundaciones, una de estas propuestas, surgió a finales de 1995 cuando siete importantes fundaciones decidieron empezar a compartir experiencias y analizar en forma conjunta diversos aspectos conectados a su labor filantrópica.

En líneas generales, el Grupo pretende promover una cultura filantrópica y de la responsabilidad social entre quienes puedan destinar recursos privados a propósitos de bien público. Para ello, uno de sus principales horizontes consiste en propiciar el mutuo conocimiento entre las fundaciones y el intercambio de experiencias, estimulando, bajo este marco, la puesta en práctica de acciones filantrópicas conjuntas.

Las modalidades más corrientes de contribución a la sociedad implementadas por las fundaciones empresarias son las de carácter filantrópico, especialmente donaciones de carácter puntual que pueden ir desde la entrega de materiales y útiles escolares hasta el otorgamiento de becas, premios y cursos de capacitación.

Puede decirse con certeza que uno de los objetivos centrales del Grupo de Fundaciones es promover una cultura de la responsabilidad social en el ámbito empresario, esto es, con otras palabras, promover lo que nosotros denominamos con anterioridad una cultura de la responsabilidad social empresaria. Es comprensible, pues, siendo una de las principales prioridades de las fundaciones impulsar y mejorar la implementación de proyectos sociales, que la noción de RSE sea aprehendida exclusivamente en su dimensión filantrópica, dejándose de lado, al menos no apoyándose activamente, la puesta en práctica de acciones que promuevan la adopción de comportamientos socialmente responsables en el interior de las empresas.

El Foro del Sector Social, otra de estas propuestas, se creó en 1996 con el objeto de unificar bajo una entidad representativa a todas las organizaciones del tercer sector diseminadas a lo largo y ancho de nuestro país. En el año 1999, bajo el marco del Programa de Responsabilidad Social Empresaria, cuarenta y tres empresarios firmaron un acuerdo de colaboración con el Foro. El acuerdo se sustentó en la idea de promover el trabajo conjunto y la coordinación entre el mundo de los negocios y el tercer sector, suscribiéndose para ello diez principios sobre RSE. Aunque los principios incluyeron y promovieron un amplio abanico de temáticas y acciones a tener en cuenta, entre las que vale destacar la íntima relación existente entre sociedades prósperas y buenos negocios, la iniciativa estuvo orientada, casi exclusivamente, a ponderar la importancia del trabajo en red y la necesidad de mejorar e incrementar las relaciones entre el empresariado y el tercer sector.

En líneas generales, en virtud de su limitado impacto y escasa continuidad, la propuesta no parece haber contribuido demasiado al debate sobre Responsabilidad Social Empresaria ni despertado un interés activo sobre el tema.

Antes de introducirnos en los lineamientos del Índice, veamos hasta dónde se ha desarrollado el concepto de Responsabilidad Social Empresaria en el resto del mundo y hasta dónde se ha avanzado en términos de certificación.

(33) Esta aseveración no implica, empero, la inexistencia de actos puramente altruistas. Las empresas pueden esperar legítimamente un beneficio porque, desde nuestra perspectiva, si la filantropía o la inversión social llevada adelante por una empresa impacta positivamente en la comunidad sobre la que se implementa, es correcto que obtenga determinados beneficios como el fortalecimiento de su imagen pública ante los consumidores, accionistas e inversores (mejoramiento de su imagen corporativa) o el aumento del compromiso y motivación de sus empleados.

(34) Para mayor detalle, véase Roitter, M., “El mercado de la beneficencia: algunas evidencias sobre las características y dimensión de la filantropía empresaria en la Argentina”, en Thompson, A., Público y privado. Las organizaciones sin fines de lucro en Argentina, Bs. As., Losada/Unicef, 1995.

(35) Positivo porque el impacto de las acciones orientadas a la comunidad llevadas a cabo bajo la lógica de la inversión social es mucho mayor que las simples donaciones que se realizan bajo el paradigma de la filantropía tradicional.



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