Responsabilidad Social Empresaria
 
Reconciliando virtud e interés en una primera dimensión
 
Es pertinente preguntarse, antes de iniciar un trabajo de tanta complejidad y ambición, si lo más conveniente, también lo más fácil, no sería dejar de lado estas aparentes quimeras sobre Responsabilidad Social Empresaria y admitir que la vocación de las empresas es producir con la mayor eficacia y eficiencia posible y nada más. Admitir, en un sentido amplio, que las empresas nada tienen de ciudadanas y que la noción de RSE constituye simplemente una buena idea no muy recomendable en una coyuntura como la actual, caracterizada por la imperiosa necesidad de incrementar las ganancias empresariales y las inversiones productivas (18).

Sustentando y reafirmando la validez de nuestra postura, intentaremos demostrar que la sistematización e institucionalización de comportamientos socialmente responsables es funcional al sistema empresario, esto es, a la supervivencia del vasto conjunto de unidades productivas que actúan y se desenvuelven en nuestro país; y que es funcional, por otra parte, a la empresa considerada individualmente, puesto que, como veremos, esta nueva forma de hacer y de conducir los negocios les permitirá incrementar sus beneficios y utilidades.

a) El papel estratégico de las empresas en un marco de vulnerabilidad social

Como someramente pudimos dilucidar, el reemplazo de un modelo centrado en el Estado por un modelo supuestamente más eficiente centrado en el mercado no ha logrado resolver importantes falencias de carácter social e institucional.

Es innegable que la sociedad argentina se encuentra sacudida por una peligrosa e insostenible situación de vulnerabilidad social cuyas expresiones, entre otras cosas, pueden encontrarse y percibirse en fenómenos tan diversos como el irreparable desprestigio que recubre a innumerables figuras públicas, las permanentes protestas sociales o el acelerado incremento de la criminalidad.

Estas manifestaciones evidencian las nocivas consecuencias, tanto individuales como colectivas, desatadas por la generalización de problemas como el desempleo, el empleo precario, la pobreza, la indigencia y la inseguridad. La regresiva circularidad de estos fenómenos ha despertado una sensación de incertidumbre con respecto al futuro inmediato que perturba la cotidianeidad de un alto porcentaje de argentinos.

Desde hace varios años, en un marco de fragmentación social y creciente desigualdad, nuestra sociedad viene experimentando situaciones en las que se entrelazan paradójicamente fenómenos de crecimiento económico y modernización, por un lado, con problemas de concentración del ingreso y aumento de la pobreza, por otro.

En este difícil y complejo contexto, el temor a la exclusión y la percepción del extraño como alguien del que es conveniente desconfiar está socavando los vínculos sociales, desgastando el tejido social y dando cause a un individualismo de cuño negativo que de no revertirse puede llegar a enervar aún más el ya debilitado “nosotros” o “colectivo argentino”.

Durante el proceso de configuración de esta nueva cuestión social, comenzó a postularse la necesidad y conveniencia de un enfoque que revalorizara las bondades del asociacionismo intermedio y que permitiera, utilizando otros medios, corregir la ineficacia del Estado y las falencias y estrecheces del mercado.

De esta manera, ante el retraimiento acelerado del intervencionismo estatal y la imposibilidad de soliviantar las recónditas consecuencias de esta nueva cuestión social, un modelo de carácter sociocéntrico, sustentado en el accionar y en las capacidades de gestión de un amplio abanico de organizaciones de la sociedad civil, fundamentalmente ONGs (19), comenzó a legitimarse y abrirse paso, en gran medida como consecuencia y respuesta natural a los desajustes causados por la limitaciones de los modelos anteriores (20).

Es innegable que la puesta en funcionamiento de un conjunto heterogéneo de entidades privadas sin fines de lucro, constituidas en general como una forma de proveer servicios puntuales a la comunidad, ha logrado satisfacer un amplio espectro de necesidades sociales en innumerables ocasiones de carácter impostergable.

No obstante, evitando todo tipo de idealizaciones, debemos dejar en claro que, en general aunque no en todos los casos, la capacidad de resolver desequilibrios por parte de este vasto abanico de instituciones tiende a ser limitada y ceñida fundamentalmente al ámbito de lo local. En la mayoría de los casos, sus respuestas y soluciones, aunque valiosas, sirven para compensar y paliar distintos tipos de necesidades, mas sus posibilidades de resolver problemas de fondo como la pobreza, el desempleo o la integración social, son escasas.

Este panorama aparentemente pesimista no implica que estemos desestimando la trascendental significación y el sustancial valor que compete a las organizaciones de la sociedad civil. Simplemente queremos dejar en claro que la superación definitiva de los problemas que sacuden a la sociedad argentina no se alcanzará mediante planteos particularistas que idealicen las bondades de un determinado sector, sea el Estado, el mercado o la sociedad civil. El Estado, como vimos, es ineficaz e ineficiente; el mercado, por su parte, sin este contrapeso que procese sus externalidades, tiene sus deficiencias; y la sociedad civil, por su lado, tiene, como también apreciamos, sus limitaciones.

En este complejo escenario, el sector empresarial debe tomar conciencia de las potencialidades y capacidades inherentes a su accionar, especialmente a la hora de suplir las falencias estatales y las limitaciones de las instituciones civiles. Desde nuestra óptica, en este nuevo orden de cosas posible, las empresas están llamadas a cumplir un papel protagónico y estratégico; a desempeñar, en otras palabras, un rol activo que posibilite la configuración del postulado contrato de índole social, un contrato complementario y superador del puramente económico que permita a las empresas cimentar un renovado lazo con la sociedad. Las demandas y necesidades, como vimos, existen.

(18) En su obra El trabajo. Un valor en peligro de extinción, la francesa Dominique Méda se hace los mismos interrogantes para el caso francés. Desde su perspectiva, para que una empresa adquiera la condición de ciudadana habría que llevar a cabo una profunda reforma de sus funciones y de su organización, una reforma que, desde su enfoque, no sería del todo conveniente, fundamentalmente como consecuencia de la escasa disposición que tienen aquellos que promueven este cambio a la hora de capacitar a la empresa para que real e integralmente pueda acometerse con éxito. Para mayor detalle, véase Méda, D., El trabajo. Un valor en peligro de extinción, Barcelona, Gedisa, 1998, p.p. 149-153.

(19) En este trabajo consideramos como Organizaciones No Gubernamentales u ONGs a todas aquellas asociaciones legalmente constituidas que sin tener fines de lucro brindan servicios y movilizan intereses en pos de mejorar las condiciones de vida y las oportunidades de los ciudadanos. Las ONGs de base, por su parte, son aquellas en las que, cumpliéndose los requisitos anteriores, sus miembros son beneficiarios directos o integran la comunidad en la que las organizaciones se asientan. Las ONGs constituyen el núcleo duro del previamente definido tercer sector.

(20) Para mayor detalle, véase García Delgado, D., op cit., p.p. 223-241.

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