Responsabilidad Social Empresaria
 
c) Una cuestión de supervivencia
 
El famoso dilema del free rider o colado, planteado en el marco de la teoría de los juegos, permite dar cuenta de una estructura de interacción colectiva en la que algún o algunos jugadores o actores sociales, bajo diversas circunstancias, se ven beneficiados por las acciones de los demás, sin ellos mismos adoptar tales tipos de acciones. Si trasladamos esta dinámica al caso particular de la evasión impositiva, tendremos una situación de free rider o colado cuando los evasores se aprovechen de los servicios y bienes públicos financiados por los que efectivamente cumplen con sus obligaciones tributarias. Aunque la calidad de los servicios se deteriore por el incumplimiento de los free riders, para éstos el resultado final no es ineficiente porque el perjuicio que les genera el deterioro de los servicios públicos, casi con seguridad no muy significativo, es menor que el beneficio, exclusivamente personal, que obtienen evadiendo.

No obstante, ante la ausencia efectiva de castigos por parte de las autoridades encargadas de impartirlos, puede arribarse a un punto en el que la transgresión de las normas impositivas se encuentre tan generalizada que la calidad de los servicios y bienes públicos que utilizan y aprovechan los free riders sin contribuir, se estropee de tal manera que los perjuicios generados por este deterioro no lleguen a compensar los beneficios obtenidos por la evasión. Cuando esta mecánica tiene lugar, la interacción colectiva se retuerce en dinámicas de carácter auto y mutuamente destructivas de las cuales es muy difícil salir.

Sustentando y potenciando los déficits de las instituciones estatales y judiciales a la hora de fiscalizar y sancionar el no cumplimiento de la normas, la reproducción sistemática de comportamientos transgresores parece tener en nuestro país profundas raíces culturales que dan lugar a una recurrente legitimación de la ilegalidad. En este sentido, la falta de responsabilidad tributaria, en tanto ejemplo que demuestra las contadas actitudes de rechazo que despiertan los comportamientos ilegales en nuestro país, obedecería también a la falta de reproche y condena social para con los evasores. Sin pretender herir sensibilidades, jamás se nos ocurrió condenar o considerar ilegítimo el gol marcado por Diego Maradona, ante los ojos de todo el mundo, con la mano; por el contrario, fue considerado la expresión más acabada de nuestra oportunista “viveza criolla”.

No es sorprendente, pues, que ante la conjunción de estos dos factores los free riders sean la norma y no la excepción. Inmersos en esta dinámica, los argentinos nos desenvolvemos en un escenario de tipo hobbesiano en el que el delito es muchas veces justificado o rotulado como avivada. En este orden de cosas, cotidianamente debemos lidiar con una realidad en la que lo público no es aprehendido como lo perteneciente a todos, sino como lo ajeno; una realidad en la que lo público no es lo propio, sino lo de otros. No alcanzamos a percibir que nos encontramos sentados en un tren que se descarrila. La ceguera es mayor en aquellos que, ubicados en los vagones de adelante, no logran visualizar el final de la vía porque el velo de sus preocupaciones particulares les impide ver hacia adelante.

En última instancia, es una cuestión de interdependencia. El escaso compromiso cívico que caracteriza a nuestra sociedad demuestra la práctica inexistencia de una cultura de lo público. En este contexto de mutua frustración, puede comprenderse con mayor facilidad la existencia de elevados niveles de contaminación, la asiduidad de las transgresiones, la suciedad de los espacios públicos y el escaso respeto por la normas jurídicas vigentes.

El aspecto más positivo de la crisis económica, política, social, cultural e institucional que actualmente nos toca atravesar, probablemente sea la puesta en escena de nuestros mayores males, nuestro individualismo y nuestro escaso sentido de lo público. En diversos ámbitos, esta contundente realidad ha despertado un renovado compromiso por el otro, un interés por lo público y por la cooperación. Sin embargo, aunque importantes, estos cambios son todavía someros y puntuales. Nuestra capacidad y astucia no debería residir en la viveza, sino en saber aprovechar la oportunidad que nos brinda la coyuntura actual de consolidar esta tendencia. La presente crisis puede llegar a representar un momento bisagra de nuestra historia. Ahora tenemos que definir el papel que va a cumplir el sector empresario.

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