Juan Pablo II y la democracia
Para Juan Pablo sería un error reducir la democracia a la sola defensa de las garantías constitucionales y jurídicas. Debe tener en cuenta el desarrollo de las personas, el respeto de sus derechos fundamentales y la construcción del bien común.
El P. Agustín Espina escribió un libro con ese título, que editó Lumen. Se doctoró en Teología en la Facultad de los Jesuitas, en el Centro Sèvres, de París. Es párroco de Nuestra Señora de la Paz, y asesor del Centro Pablo VI, órgano de la Pastoral Social de la Diócesis de San Isidro.
En relación a ese trabajo, el politólogo Jean-Yves Calvez reflexionó sobre "El aporte de Juan Pablo II al pensamiento político de la Iglesia".
En esta nota Espina resume su libro:
Haciendo un recorrido de las relaciones entre la Iglesia Católica y las democracias modernas del siglo XIX, marcado desde el principio por mutuas desconfianzas y rechazos, descubrimos que es el Papa Juan Pablo II quien dedicó un lugar especialísimo, en su magisterio y en su praxis pastoral, a resaltar el valor de la democracia. Esto lo digo teniendo en cuenta tanto el espacio que le concede como la solidez de sus afirmaciones que realiza.
El objetivo de mi libro “Juan Pablo II y la democracia” es poner a la luz los aportes que Juan Pablo II hace al magisterio eclesiástico sobre la democracia y a la democracia misma.
Para estudiar el pensamiento me sumerjo directamente a sus textos, en los cuales busco analizar y rescatar las claves de lectura que utiliza para entender los juicios que hace sobre la democracia.
El pontificado de Juan Pablo II fue muy largo y muy prolífero, y por eso circunscribí mi análisis al período comprendido entre la caída del muro de Berlín y el final de su pontificado.
¿Por qué a partir de allí?
Si bien toda elección tiene algo de caprichoso, el criterio que utilicé para elegir esa fecha es la significación que tiene para el mundo político el derrumbe del bloque comunista en Europa del Este y la vuelta a la democracia en los países del Tercer Mundo. La democracia aparece triunfante, al menos en el mundo occidental.
Juan Pablo II se refiere a esto como un verdadero signo positivo de los tiempos (EV, n 70).
Pero frente a esta democracia no ya como anhelo, sino instalada e instalándose, es que Juan Pablo comienza a señalar no solo sus virtudes y ventajas, sino también sus riesgos.
“los países occidentales corren el peligro de ver en esa caída la victoria unilateral del propio sistema económico, y por eso no se preocupen por introducir en él los debidos cambios" (CA. 56).
Juan Pablo II nos advierte sobre el riesgo de reducir la democracia al supuestamente único modelo individualista (CA 42), donde las principales consecuencias son:
- en el plano social: las injusticias y la exclusión. En el origen de dichas injusticias encontramos, en la teoría y/o en los hechos, el desprecio por la persona humana. Esto pone en riesgo la misma convivencia democrática, en lugar de ser sociedades de “vida en común”, nuestras ciudades corren el riesgo de convertirse en sociedades de marginados, excluidos, rechazados y eliminados. (EV n18)
- en el plano moral: el relativismo ético. Con su crítica al relativismo moral, Juan Pablo busca llamar la atención sobre el punto más débil de las actuales democracias, es decir, la falta de referencia moral, sobre la cual pueda desplegarse. “El valor de la democracias se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve” (EV. 70)
Aportes de Juan Pablo II
El lugar de la persona humana
Para entender el pensamiento social y político de Juan Pablo II es necesario tener la llave que nos permita entrar en él, y ésta la encontramos claramente la persona humana. Como expresa él, la persona humana principio, sujeto y fin de todas las instituciones sociales. Aquí tenemos la clave de lectura del pensamiento de Juan Pablo.
Es a partir de esta acentuación antropológica que podremos comprender la estima y valoración que Juan Pablo manifiesta por la democracia.
La verdad sobre el hombre, sobre el hombre concreto, situado en la historia, abierto, gracias a su trascendencia, a la comunión con Dios y con los demás hombres, constituye para Juan Pablo II la contribución más preciada que la Iglesia tiene para ofrecer a la construcción del orden socio-político.
La democracia pone de relieve el lugar primordial de la persona humana, al reconocerle su derecho y deber de participar en la construcción del bien común y en el control de la gestión de gobierno. (CA. 46).
La noción de participación es esencial en la doctrina de Juan Pablo II, - Es gracias a la participación, verdadera y comprometida, que la persona se va plenificando como persona
- La participación de los ciudadanos es expresión de que el pueblo es sujeto de su destino, el verdadero soberano.
Para Juan Pablo sería un error reducir la democracia a la sola defensa de las garantías constitucionales y jurídicas, lo cual no es poco, sin embargo, la democracia aspira a mucho más. Debe tener en cuenta el desarrollo de las personas que componen la sociedad, en el respeto de sus derechos fundamentales y en la construcción del bien común.
Y aquí llegamos a los otros dos aportes claves que realiza Juan Pablo II al magisterio político.
La promoción y defensa de los derechos del hombre
Los derechos del hombre, tal como han sido promulgados por la Asamblea de las naciones Unidas, reciben en el magisterio de Juan Pablo un lugar preponderante. El atribuye el éxito del ideal democrático a la atención más viva y seria a los derechos fundamentales de las personas.
Estos derechos son la expresión de la dignidad inherente de la persona humana, tienen un carácter universal y son anteriores a cualquier institución política, a las cuales no les corresponde el otorgarlos, sino reconocerlos y promulgarlos para que sean respetados.
Una novedad que presenta el pensamiento de Juan Pablo es pronunciarse sobre los derechos de las naciones, que apuntan a garantizar el respeto por las identidades de las naciones y salvaguardar aquello que las constituye en su esencia, es decir su cultura. Juan Pablo II entiende por Nación, en este contexto, un pueblo con identidad cultural, es decir, con historia, lengua y valores compartidos. Reconocer el derecho de las naciones a su existencia no implica necesariamente que éstas se presenten bajo una forma jurídico-estatal.
La construcción del bien común
El bien común no es una abstracción sacada de una teoría de lo que debería ser la sociedad, sino ante todo la respuesta a las legítimas necesidades y aspiraciones de las personas. Necesidades que son cambiantes en sus expresiones según las épocas.
El bien común encuentra su fundamento en aquello que le es debido al hombre, y que, por lo tanto, escapa a la lógica del intercambio y le es anterior. Lo que es debido al hombre se desprende de su dignidad inviolable. (CA 34).
Concerniente al rol del Estado la construcción del bien común. Juan Pablo II recurriendo a los principios de subsidiaridad y al de solidaridad, se muestra crítico tanto con respecto al Estado Asistencial (CA 48), como también al Estado liberal-individualista (CA 10).
Cuestiones abiertas
El valor de la relatividad y la verdad objetiva. Es una tarea para la Iglesia Católica acomodarse a vivir en un mundo post-cristiano, donde verdades que parecían adquiridas no lo son más. Debemos volver a la concepción de que sólo existe la verdad en tensión, que se revela lentamente a lo largo del tiempo.
Dentro de esta adhesión a la verdad, a la cual Iglesia busca reverenciar y presentar como aporte al mundo, ocupa un lugar importante la relación entre ley moral y ley civil. La Iglesia Católica en su magisterio llama a vivir una relación entre estas dos, desde lo que denomina una sana adecuación de la ley civil a la ley moral. En este punto, no se debe perder de vista que la síntesis de la moral que presenta la Iglesia Católica, es una entre otras. Por lo que la adecuación de la ley civil a la ley moral debe ser evaluada desde la validez que tiene por ser una lectura posible y loable de la moral, pero no la única.
El rol de la Iglesia. En un mundo pos-cristiano Iglesia ya no ocupa el rol de conciencia moral de la sociedad. En una sociedad pluralista la Iglesia debe presentar con firmeza pero con humildad la verdad que confiesa y que va descubriendo, a la vez que se deja interpelar por la verdad que va percibiendo el mundo “secularizado y relativista”. Si la Iglesia quiere entrar en diálogo con el mundo, como bien lo expresa en la encíclica “Gaudium et Spes”, para que el mismo no sea un monólogo, como tristemente suelen reflejar los documentos eclesiales, en el mismo deben intervenir, al menos, dos interlocutores, que se hablan y escuchan mutuamente, dejándose interpelar el uno por el otro. |