Humanizar la civilización
Javier García Moritán comenta las trascendentes jornadas que se realizaron del 28 al 30 de abril en el Aula Magna de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba. Organizó el Instituto Emmanuel Mounier Argentina. Auspiciaron la Asociación Española de Personalismo y el Instituto Emmanuel Mounier de España.
Las jornadas que organizó el Instituto Emmanuel Mounier de Argentina en la ciudad de Córdoba, me llevaron al convencimiento de que el personalismo comunitario se encuentra ante una oportunidad histórica y que quienes aspiramos a la transformación de un mundo más humano debemos poner manos a la obra. Participaron importantes personalidades de 7 países latinoamericanos y especialistas de España y Francia. Creo sinceramente que hay una esperanza frente a tanto hastío individualista y carente de sentido.
Son muchas las emociones que experimento tras haber participado el 28, 29 y 30 de abril del “I Encuentro Iberoamericano de Personalismo Comunitario” y muchas también las inquietudes que me salen al cruce después de “ver” con una mirada purificada el llamado a vivir una vida en donde el otro no me sea ajeno. En otras palabras refiero al descubrir en el tú la parte que me completa y de la que escindido, caigo en una casi ausencia frente a mí mismo. Es que la realidad sufriente del huérfano, la viuda, el pobre, el forastero, como figuras, pero también como personas reales, me convocan.
Ya habrá oportunidad para hablar largo y tendido de Emmanuel Mounier, Jacques Maritain, Gabriel Marcel u otros personalistas del siglo pasado, como de las raíces de este modo de sentir la filosofía y la vida misma. Pienso que hoy tengo el deber moral de transmitir las sensaciones que llenaron mi corazón durante esos días y que trascienden las teorías expuestas por esos verdaderos maestros que se dieron cita en Córdoba. Es quizás la fraternidad vivida los tres días del Encuentro, la coherencia respirada entre ese grupo de personas reunidas -que no las movía el interés por un quehacer profesional o la obtención de un diploma, sino el fuego de una realización intuida que se compartía generosamente-, que era imposible no sentirse interpelado.
Son esas sensaciones las que me mueven a bajar a tierra tan preciosos ideales, como el abrir los ojos a duras realidades de las que no se puede quedar al margen. De allí las conclusiones de Carlos Díaz: “cada vez que abandono a un prójimo me abandono a mí”, u otras enseñanzas tan crudas como profundas: “cuando no me ocupo de ti o te soy indiferente, te mato; cuando no te perdono, ya no existes para mí y si no existes, te he quitado lo más importante que tienes, tu ser persona”. Este catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, con ciento setenta y pico de libros publicados, explicó el proceso a través del cuál el alma bella se convierte en un corazón endurecido y como ésta lógica, que en mayor o menor medida expresamos la mayoría de los mortales, sin darnos cuenta, nos va haciendo más que personas, fantasmas que se arrastran y que aislados, han perdido hasta el brillo en los ojos.
Hubo muchos momentos intensísimos. Compartiré sólo algunos y los que para esta subjetividad han sido los más relevantes. Dado que el personalismo comunitario apuesta a intervenir en todos los ámbitos de lo humano, sea la política, la educación, la filosofía, la salud o la economía, daré lugar en este texto a esos descubrimientos, llamémosles básicos o iniciales, de los que cada disciplina, en pos de una mayor humanización podrá tomarlos.
Aclaración
De más está decir que lo que aquí escribo en relación al “I Encuentro Iberoamericano de Personalismo Comunitario” no es más que mí experiencia y los elementos que resaltaré son inevitablemente los que me han conmovido y no pretenden ser una crónica objetiva. Tampoco representan la posición del Instituto Emmanuel Mounier, organizador del evento. Corresponde más bien a las ideas, emociones y pensamientos que me han dejado tan aturdido como sensibilizado, al permitirme vislumbrar cuestiones de un peso tal como lo es mi vocación, en tanto atender a un llamado del que sólo traicionándome de la peor manera puedo desoír.
Un llamado
Ahora, antes de abordar el relato de esos momentos, creo que las vivencias del Encuentro, de una forma providencial, vienen a ocupar el lugar de esa demanda que recibí cuando este sitio fuera puesto online. Muchas personas pidieron que más allá de que Acto y Potencia sea utilizado para compartir reflexiones de tinte filosófico –con el riesgo de quedar para siempre en lo abstracto-, permita a su vez confluir un lugar de pertenencia para todos los que no se conforman con la despersonalización del mundo y que sienten necesario generar espacios no sólo de análisis sino también de acción.
Por eso hago un llamado a todos los que intuyen en la persona humana una grandeza escondida, un proyecto por realizar; todos los que de modo misterioso pero intenso, presienten esa dignidad fascinante que nos eleva de la mediocridad, a construir juntos un espacio de transformación. Porque tenemos un espíritu sediento que no se colma con la poquedad, a todos los que comparten esta pasión sin la cual no podríamos ser quienes somos, los invito a indagar en el personalismo comunitario, a participar (iremos viendo cómo), pero no podemos dejar pasar esto que nos convoca. Yo no puedo dejar pasar este llamado y extraviarme en el mundo en que todo “funciona” correctamente, pero que en el fondo asfixia y donde las cosas siguen su curso al tiempo en que una realidad doliente nos pregunta por nuestro aporte.
Reconocimiento
Junto a los grandes intelectuales y hacedores de realidades que conocí en Córdoba, provenientes de España, Francia y de muchos países de nuestra América Latina, también hice amigos –siento que los puedo llamar así aunque sólo fueron unos días compartidos-, jóvenes comunes y corrientes como yo, menos identificados por la trayectoria mas convocados por una misma vocación. De Uruguay, Colombia, Perú y también de la ciudad de Córdoba, conocerlos, saber lo que les inquieta y escucharlos, sin duda fue para mí uno de los elementos que más me movilizaron. Asimismo, todo el equipo del Instituto argentino Emmanuel Mounier, ese grupo de incansables colaboradores de la Dra. Inés Riego de Moine, que trabajaron en silencio y que fueron artífices de un gran evento, merecen una mención especial, al menos por lo que a mí me enseñaron. Efectivamente el I Encuentro Iberoamericano no fue un suceso que paralizó a la ciudad de Córdoba o que haya sido caracterizado por la concurrencia masiva, no obstante estoy seguro de que esos días de fines de abril comenzó a gestarse algo de verdad importante.
Carlos Díaz o el aguijón de lo que despierta
El reconocido doctor en filosofía, traductor, principal divulgador del personalismo en habla hispana y probablemente uno de los pensadores más lúcidos de nuestro tiempo, es una de esas figuras que no te permiten mantenerte indiferente. Este catedrático español enmarcó al personalismo comunitario históricamente en su “manifiesto programático”, del que sólo reproduciré algunos elementos. Su estudio sitúa en las raíces de ese árbol a Sócrates y los estoicos por un lado y al pensamiento judeocristiano por otro; en su tronco a figuras como Tomás de Aquino, Kant y Husserl, para aflorar en las vertientes más variadas de un neotomismo, una axiología fenomenológica y otras fuentes como la de Mounier y su grupo de la Revista Sprit de la Francia de los años treinta, entre muchas otras.
En su primer seminario Díaz dedicó un tiempo a explicar uno de los grandes enemigos históricos para el personalismo y que es el cartesianismo, padre del occidente actual. Descartes es para el profesor “el antipersonalista radical”, de quien se desprende la falsa interpretación cristiana del cuerpo como algo malo, culposo, fuente de error. Para Descartes –según Díaz-, pensar es el pasaporte para el existir. Como todo lo demás es digno de ser desconfiado (los sentimientos, la imaginación, las emociones, etc.), se llega a la conclusión de que es el matemático el sujeto trascendental, moral, el filósofo por excelencia.
Si yo pienso, yo existo se pregunta Díaz ¿dónde está el tú? pues no me relaciono con otra persona sino con las ideas que yo tengo del otro. ¿Dónde están los sentimientos, las pasiones? ¿dónde está la vida? Es que todos estos elementos inducen a error y así la compasión, la ternura -y podríamos seguir enumerando-, “todo eso debe ser descartado”, asegura Díaz que resume “ese es el sujeto cartesiano, sin cuerpo y horrorizado por la presencia del otro”. Dicho sujeto, ese del que penosamente todos tenemos un poco, asegura el pensador que es el solipsista, egológico trascendental de nuestra civilización occidental y cristiana. ¡Ah! Todo esto sirve, claro –no olvida Díaz- para construir fábricas, aviones… hacer dinero. Es la plataforma del ingeniero, “práctico y dinerario”. De esta base profundamente arraigada en nuestra cultura emergen las relaciones de signo económico y por tanto el “yo pago, tú me sirves”.
Después de esa riquísima conferencia inaugural, indispensable para saber dónde estamos parados y cuáles son los signos de nuestro tiempo, Carlos Díaz dio un seminario abierto “Del tú al nosotros”, basado en el libro “Yo y tú” de Martin Buber, en el que sitúa la palabra básica no ya en el “yo” sino en el par “yo-tú”. Y de esa disertación sólo compartiré algunas reflexiones, esperando contar próximamente con el texto completo, que no tiene desperdicio. Dice Díaz que el que piensa que se ha hecho todo por sí mismo, que aquello que tiene y ha logrado fue producto de su sóla voluntad y trabajo, será alguien que exigirá a los demás que le rindan pleitesía, es decir, alguien que no ha entendido su ser más que como “yo”. El “nosotros”, por el contrario, no es la suma de uno más otro más otro, de manera aislada y del cual ese “nosotros” es mera suma de las partes que no se vinculan entre sí. “En cada yo hay un nosotros… y yo no llego hasta donde termina mi panza -señala Díaz con sentido del humor y agudeza- sino hasta donde llegue mi espíritu”. De allí la constatación de que algunos ciertamente llegan hasta la panza, porque son panza, concluía el pensador con suspicacia. “El hedonista alcanza sólo hasta donde su cuerpo, el humanista hasta el sol y más allá”. Es así como contemplamos el yo predador, ese que me succiona, me devora, me lleva a su cuerpo, pues para él no hay más; mientras el yo personal aprovecha el cuerpo para trascenderlo. De ese modo reflexiona el autor “cuando me encuentro con un cuerpo espiritual me potencia, me eleva, me lleva más allá”.
“Tú no eres una cosa, no eres un él, eres un tú, eres sin par, inigualable, como tú no ha nacido ni nacerá. Por eso es que si amo a alguien por su belleza y su inteligencia, por ejemplo, lo estoy rebajando. Amar a otro, como decía Marcel, es decirle ‘mientras yo viva tú no morirás´”. Y aquí uno de sus principales postulados pareciera caer con todo el peso de su honda significación: “la persona que no ha sido amada incondicionalmente, no ha conocido la felicidad ni como proyecto”.
El “yo” sin el “tú” diluye su presencia hasta el punto de ser una casi ausencia, es que yo llego a ser yo en el tú, “al tuificarme soy”. Mi obligación como persona, insiste Díaz, es ocuparme del que más sufre aunque no sea el que más quiera, es que cuando uno no se entera totalmente del dolor del otro, no sabe quien es, tiene una idea falsa de sí. En definitiva, dice nuestro autor, la locura es un yo sin ti. Incluso el odio es una palabra sin sentido para quien se da sin reservas (Lévinas). Por eso aquello que reservo se infecta.
Finalmente dice Díaz “amo luego existo” y con esto altera el célebre postulado de Descartes, en donde ya no es el pienso yo solo, aislado e incomunicado, ahora incluyo en el “amo” al otro. Y más, en cuanto al yo: “soy amado luego existo”.
Otros grandes del pensamiento personalista, en Córdoba
Durante el Encuentro también tuve oportunidad de conocer al presidente del Instituto Mounier de España, Luis Ferreiro Almeda quien presentó una extraordinaria conferencia titulada “Barbarie, razón y pasión”, en la que sacudió algunos lugares comunes de nuestro tiempo tan propenso a valores tan individualistas como el del confort, extraña creencia que posiciona al “relajamiento” como uno de esos momentos tan deseados, como si la vida fuera una carga vaciada de sentido que todo el tiempo se desea el espacio para el relax. Ferreiro con una contundencia magnífica y evocando a Marcel, aseguró que a diferencia de lo que se cree “una vida sana es tensión y no relajamiento”, la tensión de la elevación, que nada tiene que ver con el infecundo abandono del cuerpo.
Otro de los grandes personalistas que tuve el agrado de conocer es Yves Roulliere, francés y muy probablemente el máximo especialista en Mounier. No quiero olvidar a los valencianos Dr. Antonio Colomer Viadel y al profesor Juan Biosca González, al Dr. Alino Lorenzón y hacer una mención al Instituto Argentino Jacques Maritain, que colaboró activamente en el desarrollo del evento. Por último, rindo homenaje a Inés Riego de Moine, presidenta argentina del Instituto Mounier y organizadora del Encuentro. Riego, que fue la persona que confió en mí, me publicó en la Revista Persona y me invitó a dar una ponencia, cerró las jornadas con una conferencia en la que dejó abiertos los interrogantes para el personalismo comunitario que se viene en la América Latina del siglo XXI.
Partiendo de la idea de que la verdad es dialógica, la doctora presentó los postulados o plataformas para la misión que nos convoca. Lejos de abandonar este movimiento a los claustros, aunque habiendo dejado en claro la importancia y necesidad de estudio, Riego evocó a Platón “la filosofía es el saber que salva” versus el apático “el filósofo es el cartógrafo de la realidad” de Michel Foucault. De lo que se trata en el personalismo que debe emerger es de ir más allá de la hermenéutica hacia la transformación de la sociedad. Y llamó a la conversión, es decir la revolución del corazón, personalista y comunitaria. Dicha revolución será válida si será espiritual, no obstante debe serlo también económica, social… La esperanza, como su raíz etimológica lo indica debe tener los pies en la tierra para el ordo amoris o el orden del amor. Se trata del llamado desde de la emoción que una verdad suscita y la convocatoria a ser los grandes creadores morales, de los que escribía Bergson, o bien Unamuno con su “moral de la invasión mutua”, la invasión del testimonio. Finalizó Inés su exhortación, ante un auditorio conmovido y agradecido por tantas vivencias movilizantes, por tanto sabor a verdad palpitando en los corazones, a que seamos antorchas vivas y que no dejemos pasar la oportunidad de despertar en el otro, el prójimo, su valor y su potencia, que nacen de la mirada, la mirada amorosa que hace nacer a una existencia auténtica.
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