El Padre Calvez, compañero, hermano y amigo
1. Al jesuita Jean-Yves Calvez lo recuerdo, ante todo, como compañero. Algo que caracterizó al primer grupo de jesuitas, entre ellos san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier, fue el ser muy compañeros entre ellos y al mismo tiempo sentirse compañeros de Jesús. Por eso fundaron la “Compañía” de Jesús. En aquella época se conocían personalmente todos los jesuitas. Hoy, los 18.000 que somos en el mundo no podemos revivir aquella experiencia. Sin embargo, el P. Calvez lograba lo que parece imposible. A cualquier país que llegara, los jesuitas de allí no lo sentían como un extranjero, sino como uno de la casa.
El sentimiento de ser compañeros lo viví de un modo particular en el quinto centenario del nacimiento de Ignacio de Loyola, en 1991. La Unesco resolvió hacerle un homenaje por lo que significó este hombre y sus compañeros para la cultura universal. En esto nos apoyó nuestra amiga, la embajadora argentina Elsa Kelly. Calvez organizó el evento, que tuvo lugar en el salón principal de la Unesco, en París. Invitó a cuatro jesuitas de diferentes países, yo uno de ellos, a que integraran un panel, exponiendo cada uno durante un cuarto de hora, seguido de preguntas. El tema que elegí fue el de las Reducciones del Paraguay. Todos nos sentíamos seguros teniendo al P. Calvez como coordinador.
2. En segundo lugar lo recuerdo al jesuita Calvez como hermano. Todos los seres humanos somos hermanos en la gran familia de Dios, que es nuestro Padre y nuestra Madre. Pero esa fraternidad es vivida de modos diferentes, según las circunstancias. Los de una etnia particular se sienten hermanos por poseer orígenes comunes, la misma lengua materna, tradiciones inmemoriales. Los de una misma religión también. Los compañeros, de estudio o de trabajo, pueden dejar de serlo por cambio de actividad. La fraternidad, en cambio, es una dimensión permanente. Podemos distanciarnos, pero seremos siempre hermanos, aunque distanciados.
Cuando se produjo la renovación conciliar del Vaticano II, toda la Iglesia sufrió la tensión entre dos líneas, la fidelidad a la tradición, es decir al mensaje de Jesús, y la creatividad ante los problemas nuevos. Calvez, con los cargos que ocupó, siendo casi el brazo derecho del superior general, el P. Arrupe, fue de los que lograron una síntesis de ambas líneas, en la “fidelidad creativa”. Actuaba como un padre, que busca la verdad con su gran inteligencia, pero parecía más una madre, que trasmite bondad, en una actitud de paz interior. Los jesuitas estuvieron al borde de dividirse en dos órdenes religiosas, y centenares de ellos le pidieron al Papa poder continuar al estilo antiguo. Pero Pablo VI los invitó a no fracturar la fraternidad de la Compañía de Jesús. Ahora bien, sin hombres como Calvez, el deseo del Papa hubiera caído en el vacío.
3. En tercer lugar lo recuerdo al P. Calvez como amigo. Todo somos hermanos, pero no todos podemos ser amigos. Sin embargo, Jean-Yves se acercaba a uno con una actitud siempre amical. No era la “politesse” propia de las relaciones internacionales o de los negocios. No pretendía fingir que todos somos amigos, pero no ponía barreras al peregrinar en esa dirección. No decía: somos sólo compañeros y trabajamos juntos con la eficiencia del personal de calidad. Tampoco daba a entender que somos sólo hermanos que nos queremos y punto. No cerraba la puerta para ir más adentro, hacia la intimidad de cada uno. Quedaba siempre entreabierta, en su sonrisa permanente. Y confieso que más de una vez me sentí cautivado por esa sonrisa, haciéndole y recibiendo confidencias, casi sin advertirlo.
Esa dimensión de la amistad se dejó sentir profundamente en la relación con los de otra Iglesia, de otra religión, de otra filosofía. Mientras los teólogos expertos hacían un trabajo de ingeniería, ensamblando posiciones que parecían antagónicas, como en el acuerdo entre católicos y luteranos sobre el tema de la Justificación, el P. Calvez, sin ignorar ese trabajo intelectual, tendía puentes de amistades personales. Encuentro una gran similitud entre su actitud y la del cardenal Kasper, responsable del ecumenismo en la Iglesia. El P. Calvez me contó que una vez, en Moscú, participando en una ceremonia litúrgica de varias horas, que no va con nuestro estilo, aprovechó un canto larguísimo para conversar, en ruso, con el clérigo ortodoxo que tenía al lado. Y no sólo se manifestaron afecto, como hermanos, sino también confidencias, como amigos. Todos conocemos el trabajo del P. Calvez en materia social. Pero no todos conocen su labor en el terreno ecuménico, donde siempre dejaba una puerta entreabierta. |