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Celebración del bicentenario

Raúl Woscoff

Quiero agradecer a la Conferencia Episcopal Argentina por darme la oportunidad de brindar testimonio de mi pertenencia al Consejo Argentino para la Libertad religiosa.
Resulta casi presuntuoso hablar de uno mismo, pero constituye la única manera de referirme a mi experiencia en el diálogo interreligioso.  
Se trata de un camino iniciado en mi caso, con la visita de su santidad Juan Pablo II a la Argentina, y en particular a mi ciudad, Bahía Blanca. Presidía, por entonces, la DAIA en esa ciudad, y propuse, con razonables sobresaltos en mi propia comunidad y en la organizadora de esa visita, colaborar con la recepción del Papa. La desconfianza heredada por siglos de desencuentros dificultaba aún la construcción de puentes comunes. 
Siglos de menosprecio, desconocimiento, silencio frente a la suerte del otro, cimentaron esa desconfianza. Pero desde el "Concilio Vaticano II", "Nostra Aetate", "Las Orientaciones" se inicia una nueva etapa de esas relaciones.  
¿Por qué esa propuesta?
Porque interpreté que  la presencia de Juan Pablo en mi ciudad conmovía a mis vecinos católicos y que ello me alcanzaba como judío, suponía un encuentro con quien vivió el Holocausto, la Shoá, con quien supo del sufrimiento del pueblo judío y realizó ingentes esfuerzos por derrumbar murallas de incomprensión, siguiendo el ferviente camino del papa Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. Había visitado la sinagoga de Roma y transmitía, donde pisaba, un mensaje fraterno entre los hermanos mayores y su feligresía. En esa histórica visita, un 13 de abril de 1986, se refirió a los judíos, como "los hermanos mayores", y a la relación de la Iglesia con el pueblo judío, como una relación "intrínseca".
Juan Pablo II no eludió los dos aspectos esenciales para comprender a sus hermanos judíos: el Holocausto, la Shoá, y la realidad del Estado de Israel.   
He reflexionado muchas veces sobre los efectos que esa visita provocó en mí, y en aquellos lazos que generó con mis nuevos amigos católicos llevándonos a formar un espacio de encuentro para el diálogo interreligioso, primero, y a organizar una muestra permanente del Holocausto en Bahía Blanca, poco después.
Ejercimos en conjunto la curiosidad que en su dimensión moral permite imaginar al prójimo, como responde desde su fe a las mismas preguntas, y nos inmuniza contra el fanatismo, otorgándonos el instrumento que significa el diálogo alejado de todo estereotipo.
El CALIR, promovido, en su momento, en el 2000, por la Secretaría de Culto de La Nación,  como un grupo asesor, tuvo luego personería propia y defiende nada más y nada menos que la libertad  religiosa, fortalece el diálogo, con propuestas que tienen para mí la misma inspiración paulina que nos motivara en la década del 80.
Nuestra patria adolece de espacios como el Calir.
Sus propuestas trascienden para sus miembros la normal cortesía derivada de la diversidad. Genera un discurso común para promover la libertad religiosa: matriz de todos los derechos fundamentales de la persona incluidos los políticos.
Los integrantes del CALIR coincidimos en considerar los valores religiosos como un sólido fundamento de la convivencia entre los hombres porque esos valores reafirman la dignidad humana.  
Y supera sus propios fines porque transmite a la sociedad un mensaje de conciliación desde la diversidad, desde la identidad de cada uno, de sus respectivos credos.
Es para mí un mensaje de paz, un compromiso y una conducta compartida, el tikún olam, la tarea compartida para reparar la injusticia en el mundo que nos hace hermanos en el destino, sin falsos sincretismos.  
Como dijera Juan Pablo II en su histórica visita a la sinagoga de Roma: "judíos y cristianos son los depositarios y testigos de una ética marcada por los diez mandamientos en cuya observancia el hombre encuentra su verdad  y libertad".