Expirado
Cátedras Antiguas

Conferencia en la Universidad Rey Juan Carlos

El presidente del Foro, P. Jean-Yves Calvez, se refirió a la experiencia que surgió en la Argentina, precisamente con la crisis financiera del 2001, y que dio lugar a una interesante experiencia de relación y de diálogo.

Participó Antonio Ballabriga, director de Responsabilidad y Reputación Corporativas del Grupo BBVA, y Chus de la Fuente Guitart, directora de Relaciones Institucionales de la ONG "Fe y Alegría", como ganadores del Premio Latinoamericano a la Responsabilidad de Empresas, quienes hablaron sobre el compromiso social de sus organizaciones. La apertura estuvo a cargo de la vicerrectora de la Universidad Rey Juan Carlos, Pilar Laguna Sánchez. Se realizó el 4 de noviembre de 2008 en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de esa universidad.

Esta fue su ponencia:

El Foro Ecuménico Social que represento nació en una crisis económico financiera, por cierto no tan universal como la actual, solo Argentina, pero de tamaño muy extendido, haciendo entrar en la pobreza a mucha gente que se podía considerar anteriormente de clase media. Muchos perdieron las dos terceras partes de sus haberes. Aparecieron los “cartoneros”, hubo los denominados “trueques” por el intercambio de la producción casera -cualquier tipo de cosas - de muchas familias, única fuente de ingresos para ellas durante un largo período. El Foro surgió como una reunión espontánea de representantes de distintas confesiones cristianas y de otras religiones, particularmente la judía y la musulmana, muy presentes en la ciudad de Buenos Aires. Se dedicaron juntos a mejorar las ayudas prestadas por estas comunidades. Rápidamente sin embargo pasaron a la reflexión sobre los problemas de Responsabilidad Social. Para eso crearon una Cátedra Abierta que se ha dedicado a través de los años al estudio de los distintos aspectos de esa responsabilidad. Por ejemplo, recientemente, en agosto de 2008, estudiaron la problemática de crisis de los precios de los alimentos desencadenada a principios del año.  Creamos también hace dos años un Premio Latinoamericano a la Responsabilidad de Empresas y de ONG.

La evolución reciente

La Responsabilidad Social de las empresas hace unos cinco o diez años todavía aparecía como algo secundario en la vida de las empresas, cosmético, podían decir algunos, o bien publicitario. Estábamos en un período -duró unos quince años - en el que se pretendía a menudo que el fin único de la empresa era la ganancia, o era ella misma. Lo demás, como la protección social, el cuidado del medio ambiente, etc, pertenecía a la esfera pública, sin preguntarse evidentemente con qué recursos la esfera pública podía contribuir a resolver los problemas abandonados por las empresas.
La situación cambió rápidamente en los primeros años del nuevo milenario. Con la fuerte vuelta de los aspectos políticos de nuestras preocupaciones, consecuencia del terrorismo internacional (atentados de Nueva York – torres gemelas, metro de Londres, estación de Atocha, etc...). Con la “financiarización” de la vida económica por el otro lado, cuya consecuencia es hoy, en modo paradójico, un recurso masivo de los Estados, sin hablar de la agudización de ciertos problemas sociales, de la pobreza misma. Nueva presencia, por otro lado, de los riesgos ecológicos, algunos de un tamaño inaudito, que una empresa de ayer o, digamos la economía toda de ayer, podía casi o totalmente ignorar. Hoy se ha vuelto un poco por lo menos de moda la expresión empresa “ciudadana”, rotundamente rechazada en sectores tradicionales de las escuelas económicas de ayer, y hoy en día por lo menos aceptada. Claro es que no se debe decir que una empresa es responsable de todos aspectos del buen ciudadano pero es ahora evidente que las empresas, como además los individuos en cuanto consumidores (por ejemplo en el transporte automóvil), participan en la responsabilidad del bienestar ecológico.

La financiarización

Insistamos un poco en la financiarización. Me puedo acordar, en comparación con el momento actual, de la primera introducción de la problemática de la empresa en la enseñanza social de la Iglesia Católica, concretamente los años posteriores a la segunda Guerra Mundial. Esta problemática (reformar la empresa, construir una empresa humana, comunitaria particularmente) ha sido muy importante y de hecho cambiaron muchas cosas. Pero en aquel tiempo no se hablaba de la relación de la empresa con las finanzas. Las finanzas, la empresa las tenían, se puede decir, básicamente dentro de sí mismas. Un concepto fuerte era el de re-inversión, auto-inversión. Una empresa estaba en su totalidad en su propio entorno, o bien no había entorno, estaba como sola en el mundo, no inmersa como está hoy en un océano de finanzas, océano de operaciones con multitud de actores fuera de su control, sin hablar de un semejante océano de desarrollo tecnológico. Navega y, diría, necesariamente navega, hoy día, en océanos tales, cuyas tormentas se forman en lugares muy distantes.
La problemática ética de las reformas de la empresa de ayer era así la del tratamiento inhumano de muchos, no realmente integrados en ella porque casi exclusivamente se conocía la sociedad de capitales, o el capital patrimonial, dueño verdadero y único. Por una razón general de ética personalista se afirmó, al terminar de la segunda Guerra Mundial, en parte también (como en el caso de la protección social) por la razón de que todos habían sufrido juntos (en Inglaterra por ejemplo) durante la guerra, que la empresa es una comunidad, y debía organizarse en modo comunitario: hay necesidad de considerar la presencia de las personas, todas implicadas, con un verdadero derecho de cada una, siendo precisamente persona, de gozar de un campo de iniciativa y decisión, lo típico de una persona humana.

He aquí una frase decisiva del Papa Pío XII, primer autor de esta consideración de la empresa después de la segunda Guerra Mundial: “La función económica y social que todo hombre aspira a desempeñar, exige que no esté totalmente sometido a la voluntad de otro el despliegue de la actividad de cada uno. El jefe de empresa aprecia ante todo su poder de decisión autónomo: prevé, ordena, dirige, asumiendo la consecuencia de las medidas que toma. Sus dotes naturales... se emplean en la función de dirección y se convierten en principio del despliegue de su personalidad y de su gozo creador. Pero ¿él negara a sus inferiores lo que tanto aprecia en sí mismo?...Una concepción humana de la empresa debe, sin duda, salvaguardar, por el bien comun, la autoridad del jefe, pero no puede él aceptar un atendado tan penoso contra el valor profundo de los agentes de ejecución” (1).

La nueva cultura social que se abre camino hoy es, por el contrario, en gran parte el resultado de las interdependencias que se está en tantos aspectos generalizando: mejor dicho que han vuelto a manifestarse fuertemente, porque ya había habido otras olas de lo mismo anteriormente. Interdependencias hoy de amplio rango, más o menos mundiales bajo muchos aspectos: de ahí que la palabra “mundialización” o « globalizació», que tanto se usa y  abusa, corresponde no cabe duda a alguna realidad.

Por cierto, esta misma palabra parece a veces subentender casi una disolución o dilución, un esfumarse de toda sociedad como tal, y de hecho ha habido y hay en efecto en estas décadas un fuerte crecimiento del individualismo en el sentido de más autonomía y de independencia de la mayoría de los hombres, particularmente por el progreso de la educación escolar (el pasar un número tan grande de personas en pocos años a un nivel de educación segundaria), el acceso individualizado a fuentes de información inmensas –Internet es uno de los acontecimientos decisivos en esto–, la miniaturización también de tantos instrumentos, así mejor adaptados al individuo... Pero aun el consumidor poco enterado de los misterios de la economía, visitando los supermercados y comprando sus camisas y pantalones, se da hoy cuenta de la presencia universal de los productos textiles chinos..., aprende consecuentemente su personal pertenencia al mismo mundo que los productores chinos, descubre que, directa o indirectamente tiene que discutir o negociar con ellos, descubre que formamos con ellos sociedad, querámoslo o no. De tal suerte que la apertura comercial misma, el libre comercio es ocasión de creación de sociedad mucho más que de disolución social, y es exigencia de nueva cultura, una nueva ética social, a un nivel más amplio que antes.

Nueva cultura social, nueva “sociedad”

No es fácil organizar adecuadamente dicha gran sociedad; es sin embargo la tarea del momento: en este sentido una cultura social de nuevas dimensiones y proporciones se propone, por no decir se impone. Y no es cuestión solamente del hecho que tenemos que negociar a rango internacional muy amplio si no decididamente mundial, acuerdos, contratos; es cuestión del hecho que muchísimos se encuentran hoy, por las relaciones económicas como culturales, y turísticas también, como ciudadanos de un solo conjunto, mejor digamos de nuevo de una sola sociedad.

Hay una nueva cultura social también en el sentido de que participamos de una amplia red común de información, obras culturales, obras artísticas, todo esto reforzando el sentido de mutua pertenencia. Cierto es que algunos temen esta evolución que les desestabiliza. Otros se regocijan en las posibilidades que les ofrece.

Lo político, por otro lado, de lo que ya hablé, después del período o episodio de la ideología del “Estado mínimo” o “Estado nulo”, está de vuelta, porque los daños que uno puede sufrir de una economía sin regulación son tan grandes que invitan a recurrir a aquella sociedad o comunidad, muchas veces desvalorizada, y sin embargo la única que puede en definitiva ayudar, la política. Somos conciudadanos; consecuentemente no podemos no aprovechar esta posibilidad para resolver los problemas nacidos de la economía desregulada.

Fuera de lo político propiamente dicho, hay una percepción más aguda que hace cincuenta años, hasta más aguda que hace diez años, de la comunidad que formamos juntos en el campo ecológico (micro-ecológico: mi barrio, mi ciudad, su aire, su agua; macro-ecológico: el planeta, la atmósfera de nuevo pero a otra escala, el aire, el agua, los recursos no renovables). Consecuentemente tenemos la percepción que no podemos vivir y convivir sino socialmente, y haciendo sacrificios unos para otros. En este sentido el tiempo del individualismo radical tendría que estar en sus últimos momentos, a pesar de lo autónomo que ciertamente es el hombre de hoy, en muchos aspectos, ya lo dije, con los instrumentos, medios individuales, medios de transporte individualizados, etc., que están a su disposición, y con toda la educación que le hace también más independiente, capaz de juzgar por sí mismo. Todo esto llama a formar sociedad en un sentido nuevo, a desarrollar una cultura social.

Cómo puede responder la empresa

La empresa, volvamos a ella, los hombres de negocios, pueden responder, o contribuir a la respuesta, en muchos modos. Lo primero es evidentemente tomar conciencia de estas realidades y posibilidades. En segundo lugar, la empresa puede responder con la cooperación entre empresas en muchas cosas, incluso cooperación para defenderse de la disolución por lo financiero: cooperación en vez de competencia pura y fatal, de la que se alimenta la especulación –esta se aprovecha de una empresa a expensas de otra (u otras), juega una empresa contra otra. Hay que defenderse en común, consecuentemente, del juicio exageradamente inmediatista de ciertos dueños de la bolsa, presentarse en común a ellos: es esencial asociarse para contrarrestar el efecto destructivo del juego especulativo con los títulos de las empresas, juego que deja muchas víctimas al lado del camino. Fundamental en este sentido es todavía la superación de una competencia sin frenos, como decía el Papa Pío XI en los años ‘30 del siglo 20.

La empresa responde también, o se sitúa delante de la necesaria nueva cultura social más general y participa en ella, si contribuye a las iniciativas de toma de conciencia de los peligros ecológicos que tenemos que enfrentar juntos, en vez de situarse en una posición defensiva, que protege solo a corto plazo. Tanto más que gran parte de las soluciones están efectivamente en las manos de las empresas, sin esperar que estén obligadas por autoridades externas, por una coerción política...He oído a algunos decir: claro que si sobreviene una ley del Estado o una directiva de la Unión Europea, me conformo, pero mientras no hay tal ley no me siento obligado a nada aunque yo tenga conciencia del problema. Así no va... En función de la nueva cultura social requerida es evidente que las obligaciones sociales no empiezan solo con las leyes estatales o internacionales.

Empresa ciudadana, por otro lado, no es la que se hace presente en la esfera local en forma, diría, un poco mundana, y conduce algunas acciones sociales bien visibles para su acreditación, para su nombre. Una parte de la ética de los negocios, como de la difusión de la idea de “desarrollo sustentable”, tiene desgraciadamente este carácter publicitario, propagandístico. Tantas empresas hacen “algo” hoy para el desarrollo sustentable, a veces disminuyen de uno o dos por cientos tal o tal emisión nociva, y se presentan gracias a esto con un tipo de etiqueta de calidad: hacen reír de la exigencia del desarrollo sustentable!

Y todo esto debe, por fin, reflejarse en el contenido mismo de la discusión entre los integrantes de la empresa, todavía demasiado limitado esto. En el mejor de los casos hay un cierto intercambio de información con los representantes del personal en materias sociales de portada inmediata. Otras muchas quedan por el contrario en el secreto. Quedan reservadas en todo caso las preocupaciones que pueden llevar a soluciones difíciles, a despidos, relocalización etc..., de tal suerte que estas soluciones difíciles se anuncian en modo sorpresivo, aunque había instituciones para hablar de estos problemas.

Hasta los problemas del capital, de la difusión del acceso al capital, en particular por medidas internas de las empresas o de forma más general, tendrían que ser hoy objeto de discusión entre los integrantes de las empresas. Una característica preocupante de la mentalidad contemporánea sigue siendo es verdad que tantos todavía no se interesan en la gestión del capital, contentándose con protestar al momento de sufrir las decisiones de origen externo, sin haber hecho nada para entrar en la posición de co-responsables de tales decisiones. La nueva cultura social comporta, creo, para todos una obligación de tomar también esta responsabilidad.

Entendiendo bien “sociedad”

Con esto he recorrido, creo, bastantes aspectos de la responsabilidad, empresarial en particular, algo que es ciertamente decisivo para el porvenir de nuestras sociedades. Terminando, diría que hay que entender bien la restauración de la dimensión de “sociedad” que comporta la nueva cultura social exigida hoy. No se trata de oponer sociedad a individuo como si la sociedad fuese otro, casi otra persona que los individuos mismos. Se trata de reconocer – nos obliga ya a esto la actualidad de las interdependencias – que no hay existencia individual si no por y con otro. Somos redes, hoy inmensas, no menos reales, de relaciones interpersonales. Redes verdaderas, no agregados de manadas sentadas una al lado de otra, para volver a esta imagen: no se vive como las entidades espirituales que somos sino por el reconocimiento de otro/s. Me hace persona otra persona. Tal vez la nueva cultura social que se impone cada vez más hoy nos lleve a una concepción mucho más equilibrada de la relación persona/comunidad o sociedad que los puntos de vista enfrentados de un pasado, me refiero al socialismo como al liberalismo por ejemplo.

Participación de lo cultural, lo religioso

Aludí, empezando, a la fuerza de lazos sociales de tipo religioso. Quiero ahora añadir: fuerza de los lazos sociales de tipo cultural también, tantas tradiciones, costumbres, las lenguas, las cocinas, el arte, nos unen y nos particularizan. Me parece que gran parte del necesario esfuerzo de responsabilidad social descansa sobre la intensidad de vida social de las comunidades de cultura, en buena parte nuestras naciones, todavía hoy; y lo mismo descansa sobre la intensidad de vida social de la comunidades de fe religiosa. Lo vivido en estas comunidades anima a percibir las obligaciones dentro del mundo más profesional, económico, técnico, aunque aparentemente mas frío, menos fraterno. Tenemos muchos recursos de tal tipo por todo el mundo; estemos atentos para no desperdciarlos. Hay por cierto una mundialización cultural como hay una mundialización comercial y financiera. Pero la mundialización cultural, el encuentro mundial de las culturas, no puede no hacer subrayar el valor de la diversidad cultural. Precisamente lo hace resaltar por el encuentro ; provoca el mestizaje que es claramente uno de los factores de creatividad en la humanidad.
1) Citado en Jean-Yves Calvez, La enseñanza social de la Iglesia, Herder, 1991, cap. 8 “La empresa”, p. 169.

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