Expirado
Cátedras

Alessandra Smerilli. Consejera de Estado de Economía del Vaticano, Profesora de Economía Política en la Pontificia Facultad de Ciencias de la Educación “Auxilium” de Roma, Socia fundadora de la Escuela de Economía Civil, autora de numerosos libros y artículos.

Introducción 

La pandemia del Covid-19 surgió producto de una emergencia sanitaria, pero ahora corre el riesgo de que ésta se convierta en una crisis económica y social sin precedentes. Según especialistas, ni siquiera las secuelas de la crisis financiera del 2008 podrían compararse con las consecuencias de esta pandemia, a nivel mundial. 

El virus con el que actualmente nos enfrentemos es único en la historia, en cuanto a su intensidad, duración y difusión a través del mundo. Dado que el distanciamiento físico entre personas fue considerado la forma más eficaz de prevenir el contagio, muchos países se han visto forzados a exigir que sus poblaciones, industrias y empresas detengan sus actividades. Incluso donde no se impuso una cuarentena total y obligatoria, todo se ralentizó. La primera fase consistió en detener todo tipo de actividad y movimiento, de la manera más amplia posible, para evitar el colapso de sistemas de salud y mantener la capacidad para garantizar la atención médica de la población. 

Nos espera un largo período de coexistencia con el virus, durante el cual es necesario mantener una visión holística de las consecuencias sanitarias y económicas de la crisis. Estamos transcurriendo una etapa muy delicada, en la que es importante darse cuenta de que, así como todo el mundo corre el riesgo de enfermarse - independientemente del lugar en el que viva, de su estatus o de su riqueza - también todos padecemos la gran incertidumbre y el riesgo de quedarnos sin trabajo, sin protección, y sin hogar de un momento a otro. Y al igual que con la enfermedad, los que corren mayor riesgo de las consecuencias económicas más graves, son los más vulnerables. Por lo tanto, tenemos que aplicar el mismo esfuerzo que se está dedicando a salvar vidas - sin importar la edad, condición social, origen – al alivio de las consecuencias económicas de la pandemia. El mismo espíritu de solidaridad que nos hace buscar una cura para todos, debe empujarnos también a buscar soluciones para reactivar la economía y recrear la posibilidad de una vida digna para todos. 

Las consecuencias económicas.

¿Por qué se estima que las consecuencias económicas de la pandemia serán tan graves? En primer lugar, se avecina una profunda crisis en la demanda y oferta económica. Las personas, como consumidores, reducirán sus compras de bienes y servicios lo cual tendrá serias repercusiones sobre los sectores productivos que se verán obligados a dejar de producir. La reducción de ingreso y niveles de producción crea dificultades para las empresas ya que les resulta imposible seguir pagando los sueldos de sus empleados y sus costos fijos de operación. Algunos sectores son particularmente vulnerables en estos momentos, como el turismo, restaurantes y todo aquello relacionado con eventos sociales. Pensemos en las personas y familias empleados en estos sectores, considerados “no esenciales” o siendo trabajadores autónomos: se han quedado sin ingreso y aún tienen costos que pagar. Pensemos también en empresas que, al no poder producir, se ven obligadas a suspender el pago de sus empleados o - en aquellos Estados donde la protección social es menor- no tienen otra opción que despedirlos. ¿Y los que habían hecho inversiones antes de la emergencia? Hipotecas por pagar, deudas con bancos: lo que antes era sostenible se vuelve una carga insoportable cuando las ruedas de la economía se detienen.

En segundo lugar, el desempeño económico -el de las empresas y las finanzas- dependen de la confianza que los operadores tengan en el futuro. Cuando hay incertidumbre en la economía, la urgencia de satisfacer necesidades inmediatas impide una visión a largo plazo y resulta en una reducción en inversiones y en mecanismos de recesión que se refuerzan a sí mismos.

Las consecuencias de este escenario pueden ser graves, especialmente para algunos sectores y grupos sociales. La desaceleración de la economía ha puesto en riesgo los sectores de transporte, turismo, cultura, la industria automotriz, textil, minoristas y otros. Al mismo tiempo, el mundo está descubriendo que muchos trabajos se pueden realizar con nuevas tecnologías, maquinaria y técnicas de trabajo como el “Smart working”. Los bancos y proveedoras de servicios se están dando cuenta de que no necesitan tantas oficinas y sucursales y, en este sentido, la pandemia está acelerando un proceso preexistente – el de la digitalización de la economía. En cuanto al nivel de empleo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que se perderá millones de trabajos a tiempo completo. Dentro de la fuerza laboral, los grupos más vulnerables son los jóvenes, los trabajadores precarios, mujeres, aquellos con calificaciones educativas relativamente bajas, etc. Esto, para países latinoamericanos donde el 70% del trabajo es informal, significa que las personas no tendrán ningún tipo de protección a menos que se haga algo al respecto. Las mujeres sufren mayor riesgo que los hombres ya que, donde las escuelas estén cerradas, la carga de la gestión familiar recaerá completamente sobre sus hombros y muchas probablemente se verán obligadas a dejar de trabajar.

 

Entramos en detalle 

 

Migrantes y trabajadores agrícolas

En muchas regiones del mundo, las cosechas  y la producción de alimentos son llevadas a cabo por “mano de obra estacional” compuesta por trabajadores migrantes, lo cual implica que las medidas que restringen el movimiento de la gente tendrán un gran impacto sobre las cadenas de suministro alimentarias (FAO). Se estima, por ejemplo, que Australia depende de trabajadores estacionales en un 50% de su fuerza laboral en granjas de hortalizas y el 30% en granjas de frutas y nueces; en los EE. UU. el 10% de los trabajadores agrícolas son migrantes estacionales; y Europa se verá privada de 1 millón de trabajadores estacionales (FAO).

Se estima que actualmente el número de migrantes en el mundo es alrededor de 272 millones, la mayoría de los cuales son trabajadores agrícolas y proveedores de servicios domésticos (mayormente mujeres en este sector) (IOM).

La duración de las cuarentenas nacionales ha agravado la vulnerabilidad de estas personas y ha puesto en riesgo la provisión de servicios.

La mayoría de estos trabajadores estacionales no son reconocidos por leyes laborales de los países en donde se encuentran y, por lo tanto, permanecen en el sector informal. Simplemente no existen. Dadas las restricciones, no pueden moverse entre países en busca de trabajo o simplemente no pueden abandonar sus hogares porque sus razones no son consideradas como válidas.

Por último, normalmente viven en condiciones de poca higiene y carecen de acceso a la salud, la protección social y la información, lo cual los pone en mayor riesgo de contagio.

 

Mujeres

 

En cuanto a las mujeres, normas sociales discriminatorias preexistentes, sumadas a otros tipos de desventaja (pobreza, origen étnico, religión, etc.) han aumentado su vulnerabilidad en la pandemia.

El COVID-19 ha expuesto su vulnerabilidad a través de múltiples dimensiones:

• Son proveedoras de atención médica inmediata y componen el 70% de la fuerza laboral mundial en materia sanitaria y de cuidado social. De esta manera las mujeres están más expuestas al virus y a menudo desprotegidas, lo cual implica que para salvar la vida de otro, ellas arriesgan las suyas. 

• Sufren de serias dificultades económicas ya que son más propensas que los hombres a trabajar en la economía informal, en la agricultura, en el trabajo temporal y en servicios asociados con bajos ingresos y (si es que los hay) bajos niveles de protección legal y social (Global Gender Gap Report 2020). Finalmente, los sectores cuyos trabajos son mayormente realizados por mujeres, son aquellos que han sufrido los mayores impactos de la pandemia (sector alimentario, hotelería, turismo) (Mckinsey).

• Tradicionalmente las mujeres ocupan una gran proporción de la fuerza laboral en el servicio doméstico y sanitario. Lamentablemente, este tipo de trabajo no siempre es debidamente remunerado o regulado, lo cual se ha agravado por la pandemia. El trabajo en el hogar, no remunerado, fue valuado en alrededor de $11 trilliones en el 2019 y COVID-19 solo ha aumentado su carga. En Italia, por ejemplo, solo el 51% de los hombres que trabajaron desde casa durante el encierro participaron del trabajo doméstico.

• La violencia doméstica ha aumentado significativamente durante la pandemia ya que el desempleo y las condiciones de vida hacinadas han exacerbado las tensiones y los abusos.

• Sin embargo, parece que los países con líderes mujeres han reaccionado más rápido y mejor que otros a la pandemia, en cuanto a la claridad y transparencia en la toma de decisiones, comunicación efectiva, empatía con los ciudadanos (NYT, Forbes)

 

Tecnología 

 

La pandemia del COVID-19 ha acelerado ciertas tendencias tecnológicas preexistentes: 

• Compras online y distribución robotizada 

• Pagos digitales 

• Trabajo a distancia (smart working)

• Educación a distancia (e-Learning)

• Telehealth

• Cadenas de suministro 4.0

• Impresoras 3D

 

Ciertos datos sugieren que, en el marco de ocho semanas, el mundo ha avanzado el equivalente a 5 años en cuanto a la adopción de prácticas digitales por parte de consumidores y empresas. El 75% de las personas que han usado servicios digitales por primera vez durante la pandemia, aseguran que continuarán usándolos cuando las cosas vuelvan a la normalidad.

En términos económicos, la tecnología está afectando trabajos, modelos y procesos de producción, comercio y distribución, análisis y consumo, inversiones y finanzas entre otros. Ello ha generado un nuevo modo de capitalismo, uno que es definido por modelos de negocios basados en la recolección y el uso de datos. La pandemia está acelerando la transición hacia un capitalismo digital.

La transición está exacerbando la llamada "brecha digital": el término que describe las desigualdades digitales multidimensionales relacionadas con las oportunidades físicas para acceder a infraestructura digital en áreas específicas; oportunidades estructuradas socioeconómicamente para acceder a la tecnología digital y capacidades estructuradas socioeconómicamente para usar efectivamente esas tecnologías. 

A nivel mundial, la mitad de los hogares (55%) tiene conexión a Internet. Dentro de este número, el 87% está concentrado en países desarrollados, el 47% en los países en desarrollo, solo el 19% en los países menos adelantados (PMA). La situación es aún peor para las mujeres.

Tanto para la productividad laboral de quien trabajó desde casa, como para la productividad estudiantil de quienes siguieron sus clases fuera de la escuela, la posibilidad de conectarse a Internet ha aumentado y remarcado desigualdades socioeconómicas ya existentes.

Actualmente, la mayoría de los servicios digitales son ofrecidos por un número relativamente pequeño de plataformas y empresas. Además, siete de cada diez corporaciones más grandes del mercado son empresas de tecnología digital. Es probable que la aceleración de la digitalización fortalezca su posición en el mercado. 

 

Salud

 

La pandemia de COVID-19 ha demostrado ser la mayor crisis de salud pública en la historia humana reciente.

Los sistemas de salud pública y las unidades de cuidados intensivos no estaban preparados estructuralmente para la inmensa cantidad de pacientes internados con COVID. Las medidas de restricciones y cuarentenas nacionales se impusieron justamente para evitar el colapso total de las estructuras de salud pública.

La escala y la gravedad de la pandemia han abrumado incluso a los sistemas de salud bien equipados. Algunos países con altas porciones de su PIB dedicados a la salud están reportando mayores tasas de mortalidad en comparación con los países con niveles más bajos de gasto.

Además de ejercer una alta presión sobre los sistemas de salud, la pandemia también ha provocado un aumento dramático en la demanda de suministros médicos esenciales.

Durante la pandemia, la cantidad de inversiones públicas dedicadas a la respuesta del COVID-19 ha aumentado exponencialmente (Policy Cures Research).

Los gobiernos están dedicando miles de millones de dólares a la investigación del virus y la búsqueda de una vacuna eficaz. Sin embargo, dada la falta de coordinación global, aún no se ha desarrollado un plan coherente para la distribución amplia y equitativa de cualquier eventual tratamiento. 

 

Finanzas 

 

A pesar de la crisis financiera del 2008, durante la última década se ha percibido un rápido proceso de "financiarización" que ha aumentado enormemente las ganancias de empresas y el valor de sus acciones. Sin embargo, este aumento no ha sido acompañado por un aumento proporcional en los salarios e inversiones en productividad dentro de las empresas. En cambio, la mayoría de las ganancias se utilizan para distribuir dividendos y financiar programas de recompra de acciones - ambos destinados principalmente a beneficiar a los accionistas.

Al mismo tiempo, dentro del mismo sector financiero, existe un punto de inflexión en el proceso hacia las finanzas sostenibles. La tendencia creciente en la última década hacia prácticas financieras sustentables atentas a los temas sociales y en apoyo de una transición ecológica ha continuado a pesar del COVID-19. En particular, las llamadas “Socially Responsable Investments” (SRI) y ESGs (Environmental, Social and Good Governance) se están volviendo cada vez más comunes. Básicamente, este tipo de inversiones se dirigen a empresas y Estados que cumplen con criterios y convenios socioecológicos y tienen un impacto positivo en el medio ambiente y en la sociedad en general.

Un número creciente de bancos, como lo ejemplifica la Alianza Global para la Banca de Valores (Global Alliance for Banking on Values), están redireccionando sus recursos financieros hacia inversiones que son más compatibles con los requisitos para una economía regenerativa.

La crisis económica provocada por la pandemia de COVID-19 inicialmente creó escepticismo sobre la capacidad de recuperación y resiliencia de las finanzas sostenibles. Sin embargo, aunque todavía es temprano para definir una respuesta final, hay evidencia que demuestra la mayor resiliencia, estabilidad y rentabilidad de este tipo de inversiones que aquellas inversiones tradicionales.

The MSCI World stock index cayó un 14.5% en marzo de 2020. Pero, de acuerdo a datos de Morningstar, 62% de los “equity funds” orientados a temas ambientales, sociales y de gobernanza tuvieron una mejor performance.

Los escépticos y contrarios a las inversiones sostenibles a menudo cuestionan si estas estrategias pueden ofrecer una renta financiera premium. Los administradores de fondos ESG han declarado que su enfoque en riesgos “no tradicionales” ha llevado a inversores a invertir en empresas que, hasta ahora, han resistido la recesión del COVID-19.

 

¿Recuperar o Regenerar?

 

Para evitar lo peor y no entrar en una larga recesión, se requieren intervenciones masivas por parte de los Estados nacionales, para brindar apoyo a sus poblaciones y economías. Muchos Estados ya han puesto en marcha medidas de emergencia para garantizar que todos los que han sido afectados económicamente por la pandemia, puedan hacer frente a esta situación. Sin embargo, estas medidas de emergencia deben ser acompañadas por medidas para recuperar la economía; y sobre estas últimas debe influir la visión del futuro que queremos construir. ¿Necesitamos medidas para volver a la normalidad, o nuevas estrategias para dar forma a un futuro más sostenible y justo? Para que estas medidas sean efectivas, deben producir impactos rápidos en la economía y deben tener efectos multiplicadores para que puedan poner en marcha la recuperación económica. Pero es necesario guiar esta recuperación para que vayan en la dirección correcta y contribuyan a mejorar la condición de la humanidad (ej. mitigar el cambio climático y los niveles de desigualdades que han alcanzado niveles insostenibles). Europa ha lanzado planes muy ambiciosos para rediseñar estrategias industriales a favor de la digitalización de la economía y la sostenibilidad. Pero muchos en este momento, especialmente los “lobbies” industriales de sectores tradicionales, pujan por un rápido retorno a nuestras instituciones socioeconómicas tradicionales. Y lo hacen amenazando con despidos. 

Algunos estudios realizados durante este período han demostrado que es posible evaluar inversiones sobre la base de sus efectos multiplicadores e impactos ambientales; y existen acciones concretas que permiten alcanzar ambos objetivos. Por ejemplo: inversiones en infraestructuras digitales y en energías renovables, en investigaciones científicas y en educación, así como en la formación continua de los trabajadores para que adapten sus habilidades a aquellas que más se demandan hoy en día.

 

Ejemplos:

 

Trabajo, salario y rédito

 

En términos económicos todos están impactados por los efectos de la pandemia, pero aquellos que más la sufren son los pobres. La gente que lleva la carga más pesada son los trabajadores que carecen de seguro de desempleo y acceso a programas de beneficios sociales. Si son forzados a permanecer en sus hogares pueden padecer hambre.

El virus nos afecta a todos, pero algunos son golpeados de manera más profunda. Entre los mas vulnerables a las desastrosas consecuencias del Covid-19 están los mayores, el grupo demográfico más frágil.

Si los negocios y las personas no son asistidos por medios legales, pueden caer víctima de usureros que, en este período pueden sacar ventajas de esta situación de vulnerabilidad y ofrecer liquidez inmediata con condiciones imposibles de cumplir. 

En estos momentos, las intervenciones de los gobiernos son especialmente importantes. Ellos necesitan asegurar un nivel mínimo de ingresos digno y una provisión y acceso universal a los servicios básicos, de manera de asegurar que la gente atraviese esta crisis y logre una recuperación luego de la pandemia, incluyendo la generación de trabajos dignos y sustentables.

Entendiendo que nuestros esfuerzos deberían dirigirse primeramente a garantizar que todos puedan cubrir sus necesidades esenciales para superar la crisis, los gobiernos también necesitan pensar una especie de “salario universal”, tal lo reclamado por el Papa Francisco.

En tanto ha habido algunas reacciones negativas a las afirmaciones del Santo Padre, vale la pena aclarar que en algunos países se han implementado sistemas de “asistencia social” extemporáneas, basadas en transferencias/vouchers de cantidades pequeñas de efectivo. Estas transferencias de efectivo se realizan de manera diversa: con iniciativas ad hoc (Filipinas), aumentando esquemas ya existentes (Brasil), adelantando pagos (Indonesia), simplificando regulaciones administrativas (Italia y el Reino Unido), con diseños innovativos (España). Muchos países desarrollados activaron medias preexistentes de “seguro social” (beneficios de desempleo y licencias por enfermedad pagas son las adoptadas más frecuentemente). Algunos países de Asia y Europa del Este pusieron en práctica intervenciones de “mercado de trabajo” que ofrecen apoyo tanto al sector formal como informal (subsidio a los salarios).

Una propuesta que se está destacando es la del Ingreso Básico Universal (IBU). Es una medida por la que los Estados proveen un ingreso para todos y que no implica un alto costo de implementación o procesos burocráticos complejos. Ello asegura que todos, incluidos aquellos con ingresos insuficientes o trabajadores del sector informal, o aquellos “invisibles” para la sociedad (sin techo, migrantes), puedan tener acceso a medios básicos en estos momentos de emergencia.

Las dificultades técnicas para implementar tales medidas son muchas y bien conocidas entre los economistas, especialmente debido a experiencias pasadas en diferentes crisis en diferentes regiones del mundo, desde Irán a Finlandia. Pero sus ventajas, en una crisis sin precedentes, supera los costos. El riesgo más importante de estas medidas tiene que ver con la relación entre el ingreso universal y el derecho/deber del trabajo. Hay un riesgo real que el ingreso garantizado podría desincentivar la búsqueda de trabajo y terminan subsidiando a aquellos capacitados, pero sin voluntad de trabajar. Sin embargo, no deberíamos dejarnos vencer por el pesimismo antropológico e imaginar que la mayoría de los seres humanos son perezosos, ya que normalmente los seres humanos aman sus trabajos por encima del ocio. Para la tradición del catolicismo social, en el trabajo encontramos nuestra dignidad, nuestro propósito, nuestro papel en la sociedad, nuestras habilidades y autoestima. Muchas veces detrás de lo que podría aparecer como pereza encontramos condiciones sociales, familiares y estructurales desfavorables. Todos deberían tener una oportunidad.

Otra dificultad del IBU es que está dirigido a individuos, no a unidades familiares, entonces con este salario no están consideradas las necesidades de los niños a recibir alimentos, vestimenta y educación. Por otro lado, sin embargo, ello permite la independencia financiera de las mujeres dentro del hogar, quienes normalmente son los miembros más vulnerables de la familia. Más aún, en la medida en que es un ingreso otorgado universal e indiscriminadamente, es más fácil de implementar. Hay otros beneficios desde la perspectiva impositiva y desde la perspectiva social. Con estas consideraciones, parece ser una herramienta posible que las sociedades pueden aplicar para hacer frente a la pandemia.

Tal vez la mejor manera de visualizar o diseñar una “especie de salario universal” no es concebirlo solamente como un ingreso para estimular el consumo, sino un ingreso para navegar la crisis, y como una manera de reconocer y estimular todos tipo de trabajos, especialmente aquellos que a menudo no están bien remunerados o no lo están siquiera. (trabajo doméstico, cuidado de personas mayores, limpieza de hospitales o calles). Hay otros instrumentos que podrían ser aplicados también.

Este tipo de acciones de gobierno deben ser consideradas para el corto plazo y la duración de esta emergencia. En el mediano plazo, sin embargo, será necesario evaluar su sustentabilidad y cómo integrarlas con medidas para reactivar la economía y promover el pleno empleo. Algunas personas cuestionan cómo los Estados van a financiar herramientas como el IBU. Estas preguntas no se pueden limitar al análisis de las políticas fiscales, sino que necesitan ser consideradas más ampliamente dentro de las políticas económicas. Por ejemplo, si los Estados se comprometen a una reducción general de sus gastos militares y la producción de armas, los recursos necesarios podrían estar disponibles para proteger a los más vulnerables y promover la paz.

 

Migrantes y trabajadores agrícolas 

 

La ausencia de trabajadores estacionales amenaza las cosechas y la seguridad alimentaria en muchas partes del mundo. La situación, además de significar un terrible desperdicio de alimentos, puede crear escasez y un incremento de los precios de productos esenciales, haciendo más duro su acceso de parte de los más pobres.

Los trabajadores migrantes confinados en sus hogares perderán sus ingresos y no podrán enviar las remesas a sus familias en sus países de origen. Ello tendrá graves consecuencias para la salud de los primeros y un impacto económico para los segundos.

Los migrantes son desplazados dos veces. Por un lado, no son bienvenidos en los países que los hospedan donde, si deciden permanecer, se mantienen en el sector informal e invisible, viven en condiciones precarias y corren graves riesgos de contraer la enfermedad y transformarse en potenciales portadores. Sin embargo, no se les permite regresar a sus países de origen por miedo a que puedan ser potenciales portadores.

La capacidad de un puente se mide por la medida de sus pilares más débiles; una cadena es tan fuerte como sus uniones mas débiles; si la cadena se corta ya no es más útil. El valor de una sociedad esta determinado por cómo trata a sus personas más vulnerables. Por otro lado, una sociedad eficiente es aquella que valora y no desperdicia recursos, sino que busca distribuirlos de la manera más inteligente y eficiente.

Negarse a encarar la situación de los migrantes, trabajadores estacionales, cuidadoras y trabajadoras domésticas, aun con medidas temporarias los expone a grandes riesgos económicos y de salud. También implica una visión de corto plazo. Estamos arriesgando cosechas enteras que podrían terminar desperdiciadas debido a la ausencia de trabajadores para recogerlas y procesarlas, lo que resultaría en escasez de alimentos y de necesidades básicas en muchos países. La intervención de los Estados para resolver estos problemas podría costar dos veces más.

 

Mujeres  

 

Las mujeres están mas expuestas a la crisis económica generada por la pandemia.

Si, como los datos están evidenciando, las mujeres en todo el mundo son las más golpeadas y vulnerables frente a la pandemia, entonces es importante que la Iglesia, como siempre lo ha hecho, esté a su lado y se transforme en la voz de las pisoteadas, de la desigualdad creciente.

El Papa Francisco escribió: “una Iglesia viviente puede mirar hacia atrás en la historia y reconocer su parte respecto del autoritarismo masculino, la dominación, varias formas de esclavitud, abuso y violencia sexual”. Hizo un pedido urgente para “respetar los derechos de las mujeres” y reiteró la oposición de la Iglesia a “todas formas de discriminación y violencia sexual” (CV 42) 

Las mujeres pueden representar un recurso para la vida económica y social. Han estado pagando el precio más alto en esta epidemia, no obstante lo cual están mostrando resiliencia en la gestión del tiempo de trabajo y familiar, y aún una resistencia biológica. Por ello, las mujeres en este momento deben ser promovidas, y no solamente protegidas, porque toda la sociedad puede mejorar si las mujeres pueden hacer su propia contribución. 

El mundo pos Covid-19 necesita de una nueva corresponsabilidad entre hombres y mujeres: “La relación entre hombre y mujer esta además comprendida en los términos de una vocación a vivir juntos en la reciprocidad, el diálogo, en la comunión y en la fecundidad”. (cfr . Gn 1,27-29;2,21-25) en todos los ambientes de la experiencia humana: vida en pareja, trabajo, educación y otros. A su alianza Dios les ha confiado la tierra” (Documento final del Sinodo para los Jóvenes  n.13).

La experiencia del microcrédito iniciada por Muhammad Yunus a partir de las mujeres nos enseña que sobre todo, donde la economía es puramente informal hay un mayor riesgo del aprovechamiento; confiar el desarrollo a las mujeres significa trabajar para la familia y para toda la sociedad. Significa sobre todo trabajar para la paz. 

La economía debe ser repensada; una mirada femenina puede ayudar a todos.

El dolor y la angustia de tantas personas no deberían ser desperdiciados, si a partir de esta pandemia sabemos dirigirnos hacia un modelo de desarrollo más respetuoso de las personas y de la tierra, en la visión de la ecología integral promovida por la Laudato si.

La ciencia económica moderna está construida a partir de lo masculino. El hombre mira sobre todo al trabajo, a los aspectos materiales e institucionales. Todo ello es muy importante, pero si se transforma en una mirada absoluta puede deformar la realidad. La mujer mira mayormente a las relaciones, a aquello que tiene que ver con el cuidado. También ésta es una mirada que sola no alcanza, pero sentimos esa falta dentro de las grandes empresas, a nivel político, en las instituciones en general.

Miradas nuevas sobre el mundo que podemos contribuir a construir están arribando de la mano de algunas economistas que ya, desde hace algunos años habían comenzado a proponer visiones alternativas a los modelos existentes. Ahora estas propuestas se están transformando en prominentes. El hilo rojo que une a este pensamiento femenino emergente es la atención a una economía más inclusiva, respetuosa de todos y de la tierra, atenta a las relaciones. El premio novel de Economía fue otorgado en 2009 a Elinor Ostrom, que se ocupó de la gestión cooperativa de los bienes colectivos. Y en 2019 el Nobel fue para Esther Duflo, que trabaja de manera concreta sobre la pobreza. En estos 10 años encontramos a Kate Raworth, que diseña también visualmente el concepto del desarrollo, a través de la imagen de una rosquilla; Mariana Mazzucato desafía la ortodoxia y propone un nuevo concepto del valor económico y también un nuevo papel del Estado en el sistema económico; Stephanie Kelton con sus reflexiones no convencionales sobre temas de deuda y déficit probando comparar los presupuestos nacionales con los prespuestos familiares, Carlota Perez sobre la redefinición de los nuevos estilos de vida y del crecimiento económico; Jennifer Nedelsky y las nuevas normas para armonizar el trabajo y el cuidado, considerando estas dos dimensiones como esenciales para el desarrollo de una vida buena para todos y no solo para las mujeres. La lista podría continuar, pero basta con subrayar que estas mujeres están dando un gran impulso para el cambio, en la línea de la atención al bien común y para beneficio de toda la humanidad.

 

Salud

 

No cantidad sino cualidad de los gastos.

En los últimos 20 años, ha habido un notable mejoramiento en los indicadores de salud. Entre los años 2000 y 2016, los gastos globales en salud se incrementaron a una tasa de 4% por año (6% en países de mediano y bajos ingresos), mientras que el crecimiento económico global fue en promedio de un 2.8% (OMS). ¿Por qué, aún los sistemas de salud más sofisticados, estuvieron tan poco preparados?.

El tema no es el monto de los gastos en salud sino la calidad. La comunidad global vinculada a la salud y muchos países individuales han desinvertido en prioridades básicas que hacen a los fundamentos de los sistemas de salud. Posibles explicaciones incluyen:

• Una subestimación de los riesgos de las enfermedades epidemiológicas.

• Transiciones demográficas y ambientales.

• Aumento de la demanda para sistemas de salud privados y personalizados en la medida en que los ingresos aumentan.

• Preferencias de los donantes por servicios de salud individuales y específicos.

• Pensamientos de corto plazo que conduce a inversiones en servicios de salud que ofrecen resultados inmediatos (sistemas de salud y reformas especiales promovidas por la OMS) (Heath System and reform special issue sponsored by WHO)

• El gasto público en el mundo tiende a concentrarse en NCD (enfermedades crónicas no transmisibles). Covid-19 ha revelado la financiación insuficiente de los tratamientos para enfermedades transmisible en el corazón de muchos sistemas de salud.

 

Salud como un bien global 

 

La salud ha sido siempre considerada como un derecho fundamental que tiene que ser respetado y promovido (Compendium of the Social Doctrine of the Church n.166) en la búsqueda del bien común. En reconocimiento de la dignidad, unidad e igualdad de todas las personas, los objetivos primarios de cada sociedad debe ser la búsqueda del bien común, definida por Gaudium et Spes (26) sobre la base de elementos esenciales tales como el respeto de todas las personas, la paz, el bienestar social, y el desarrollo integral. La salud es un prerrequisito esencial para el desarrollo humano integral de la persona humana.

Los estados tienen un papel crítico en cuanto a la búsqueda del bien común, junto a otros actores. Desde el punto de vista económico, los servicios del cuidado de la salud son considerados “merit godos”, bienes que son deseables socialmente pero que a menudo son subproducidos por los mecanismos del mercado (fallas de mercado). La razón por esta subproducción es que el cuidado de la salud produce externalidades positivas (beneficios para la sociedad en su conjunto, más allá de los consumidores primarios y los receptores de los servicios de salud) que sobrepasa los beneficios privados derivados de su provisión y consumo.  A menudo las vacunas ilustran esta dinámica de la falla del sistema, que crea una necesidad de que los Estados actúen para alcanzar el bien común. La difusión de enfermedades contagiosas tales como el Covid-19, el Ebola y el Zika ha ilustrado la incapacidad de los Estados para jugar dicho papel. Un tema clave es la falta de coordinación a nivel internacional. En un mundo altamente interdependiente, en el cual las enfermedades se transmiten a lo largo de las fronteras, los gastos públicos son ineficientes si hay una falta de acuerdo entre los Estados. La tendencia de los mercados y los gobierno a subinvestir en “merit goods” está exacerbada cuando no hay mecanismos efectivos para prevenir los contagios que provienen de fuera de las fronteras estatales.

Covid-19 se ha revelado como un verdadero ejemplo de la falta de conexión. Sabemos que la salud es un bien común global, y la prevención y los servicios de salud también deben ser globales. En particular la salud global debe ser considerada como un bien común, en el sentido de que todos tienen el mismo derecho a ella, pero también una igual responsabilidad para promoverla. Si este bien común es amenazado en cualquier rincón del mundo, ello debe ser una preocupación global. “Los bienes comunes unen a la sociedad: nadie está exento de colaborar, de acuerdo a sus capacidades, para alcanzarlos y desarrollarlos”. (Compendio 167).

La pandemia y sus impacto económico y en la salud han puesto de manifiesto la importancia de una mayor coordinación política internacional.

 

Vacunas para todos

 

A la luz de este análisis, se debe realizar un llamado urgente a la colaboración internacional para desarrollar y distribuir vacunas (como ocurrió con la vacuna de la Polio). Con el objeto de erradicar la pandemia, es importante que cualquier posible vacuna esté disponible para todos en el mundo. Para asegurar que nadie sea dejado de lado se necesita:

 

• Nuevas reglas en materia de propiedad intelectual.

• Cooperación internacional en investigación.

• Mecanismos para una efectiva distribución.

Esfuerzos similares deberían hacerse respecto del desarrollo y la distribución de vacunas para otras enfermedades, incluyendo la malaria y la tuberculosis, que están muy difundidas en las áreas más pobres del mundo.

 

Tecnología

 

Nuevas oportunidades

El aumento del uso de la tecnología durante la pandemia ha aumentado los puestos de trabajo en los sectores más expuestos (como el comercio online).

Las tecnologías han protegido de la difusión del contagio, permitiendo a las personas permanecer en su casa y tener los servicios esenciales.

El capitalismo digital es definido como el modelo de negocios que provee servicios digitales, mientras utiliza una vasta colección de datos personales para optimizar y dirigir publicidades y para formatear el comportamiento futuro de sus usuarios.

La elaboración de datos personales puede ayudar y acrecentar el bienestar, bajar los costos de las investigaciones, reducir la ineficiencia económica, crear oportunidades de cooperación y colaboración. Pensemos en la investigación medica sobre las vacunas: compartir los datos a nivel mundial llevaría de manera más veloz y eficaz a los resultados.

 

La brecha digital

 

La desigualdad en el acceso a la tecnología amplifica las otras desigualdades existentes en el mundo (económica y financiera, de género, etc).

Desde una perspectiva católica, hacer frente a las inequidades que derivan de la aplicación de las nuevas tecnologías es una cuestión de justicia. La perspectiva desde la cual mirar a estos desarrollos tecnológicos recientes es siempre aquella de los más pobres: ¿qué beneficio recibirán de estos desarrollos? Como leemos en Evangelii Gaudium: “En la medida en que los problemas de los pobres no se resuelvan radicalmente…atacando las causas estructurales de la inequidad, no se encontrará ninguna solución a los problemas del mundo o, por ello mismo, a ningún problema. La inequidad es la raíz de las enfermedades sociales”. (202)

La elaboración de los datos personales, además de traer beneficios, puede también transformarse en causa de pérdida, de desigualdad económica, de desbalance de poder entre quien controla y quien es controlado.

Hoy, relativamente pocos que poseen los datos (y de los rastros que se dejan online), están en la posición de controlar y vincular comportamientos de millones de personas. La enorme cantidad de datos que se recogen diariamente tienen un gran valor económico.

El hecho de que el comportamiento de los consumidores es manejable permite a las empresas personalizar las ofertas, y de esta manera discriminar precios (precios distintos para usuarios diversos): se estima que los precios de los productos pueden variar entre el 10 y el 30% en base a la localización y las preferencias reveladas por los distintos usuarios online (OECD).

Todo esto pone en cuestionamiento el aspecto de la privacidad. Existe un verdadero mercado de la privacidad, en el cual los ciudadanos son a veces los vendedores ignorantes de sus propios datos personales: ¿cuánto valen los propios datos personales sobre su salud para las compañías de seguros? ¿Para los empleadores? Se mantiene abierta la pregunta: “Cómo puede una sociedad planificar y proteger su futuro en medio del desarrollo constante de las innovaciones tecnológicas? (LS 177). A esta pregunta estamos llamados a responder para acompañar el proceso del desarrollo tecnológico.

 

La dirección

 

COVID-19 ha puesto de relieve las preocupaciones de hace mucho tiempo sobre la economía digital: el poder de monopolio de las grandes tecnologías, la falta de privacidad, las pobres capacidades del gobierno y la brecha digital entre aquellos con y sin acceso.

La innovación no solo tiene una tasa de progreso; también tiene una dirección. Esa dirección depende del enfoque de gobernanza y la voluntad de proporcionar liderazgo a través de políticas públicas. La tecnología digital brinda grandes oportunidades para resolver grandes desafíos si se rige con un fuerte sentido de propósito público.

Necesitamos abordar el avance digital como una herramienta que nos puede conducir hacia valores como la inclusión, la no discriminación, la sostenibilidad y hacia el bien común.

Buscamos un horizonte donde los análisis y decisiones político-económicas, así como los logros científicos y tecnológicos, vayan de la mano con nuestros mejores valores éticos. La economía digital, para promover el progreso humano real, necesita poner la tecnología en su lugar, al servicio de la humanidad.

 

Finanzas

 

Las finanzas como instrumento para la economía real

 

La capacidad del sector financiero sostenible para contrarrestar la tendencia actual de depresión financiera no debería sorprendernos desde una perspectiva de fe. Una gran parte de los mercados financieros están profundamente desconectados de sus consecuencias a menudo devastadoras en la vida real. La sobrefinanciación de la economía como resultado del descuido sistemático de las consideraciones sociales y ecológicas en busca de ganancias, aumenta la vulnerabilidad de las inversiones en una crisis. Sin otros parámetros civilizadores a seguir, un colapso en la rentabilidad financiera a corto plazo hace que la economía real se vea rápidamente abrumada (LS 109).

Por otro lado, por su naturaleza, las finanzas sostenibles y la inversión de impacto social prosperan al generar conexiones vivas con la economía real. Su propósito es conectar a aquellos que tienen ideas innovadoras y requieren capital para darles vida y aquellos que tienen este capital y desean invertirlo. Es pro-social por naturaleza. Caritas in Veritate nos recuerda que es un "instrumento dirigido a mejorar la creación y desarrollo de riqueza" (CV n. 65). Dicha financiación a menudo puede ser más resistente a los shocks, ya que no depende simplemente de una noción unificada abstracta de beneficio financiero. Depende de las relaciones correctas profundamente arraigadas en comunidades reales. En las crisis, las comunidades resilientes se acercan a la solidaridad, haciendo concesiones por pagos atrasados, perdonando deudas, compartiendo recursos e ideando formas creativas para mostrar apoyo mutuo.

El último documento sobre el tema nos recuerda: "Gracias a la globalización y la digitalización, los mercados pueden compararse como un organismo gigante a través de cuyas venas, como la savia que da vida, fluyen enormes cantidades de dinero. Esta analogía nos permite hablar de la ‘salud’ de dicho organismo cuando sus medios y estructuras funcionan bien, y el crecimiento y la difusión de la riqueza van de la mano. La salud de un sistema depende de la salud de cada acción realizada. En un sistema de mercado saludable, es más fácil respetar y promover la dignidad de la persona humana y el bien común "(Oeconomicae et Pecuniariae Quaestiones n. 19).

Los franciscanos entendieron esto cuando, a partir de una reflexión sobre el interés y la usura, construyeron el Monti di Pietà en 1400 como instituciones para el cuidado de los pobres y los indigentes. Fueron las primeras formas de microcrédito, una piedra angular de las finanzas sostenibles hasta el día de hoy. Según los franciscanos, la presencia de un individuo indigente significa la enfermedad de toda la sociedad. Por lo tanto, dar prioridad primordial a las necesidades de los pobres e indigentes era un requisito social esencial y una responsabilidad. Hoy en día, existe un rico tapiz de productos, incentivos y otras innovaciones, como bonos de inversión social, para que todos se conviertan en "inversores sociales".

 

Las finanzas como instrumento para regenerar la economía

 

Las prácticas financieras deben reconfigurarse para que puedan generar un impacto social y ambiental positivo sin sacrificar el rendimiento financiero. La inversión de impacto (una práctica que ha ganado popularidad en los últimos años) apunta precisamente a esto, creando una estrategia de inversión sostenible y responsable.

No saldremos de esta grave crisis sanitaria y económica mediante el funcionamiento tradicional de las finanzas y los mercados tradicionales, solo a través de las finanzas y los mercados "civilizados". Si las finanzas y los mercados no crean valor social, si no crean trabajo, si no respetan y cuidan el medio ambiente, simplemente no son civilizados. De esta manera, tienen la capacidad de destruir la economía y la civilización reales.

Un rico tapiz de productos, incentivos y otras innovaciones (como bonos de inversión social, a menudo impulsados por las empresas fintech más éticas) están disponibles para que todos se conviertan en "inversores sociales". La caridad ya no es la forma más prometedora de hacer el bien con el dinero. La Iglesia Católica, en su misión "Laudato Sí", es la institución más creíble para inspirar, guiar y nutrir este llamado: Todos pueden ser un inversionista social, un irrigador social.

 

El bien común

 

Nadie puede hacerlo solo: a pesar de la incertidumbre del tiempo que vivimos, a pesar de la dificultad de interpretar lo que sucede y cuánto durará, y cómo nos verá cambiar, está claro que solo juntos será posible salir.

La pandemia nos confronta con esta evidencia, la de necesitarnos mutuamente. Y esto se aplica tanto a la salud como a la economía, el sistema económico y productivo. Si las finanzas y los mercados no crean valor social, si no crean trabajo, si no respetan y cuidan el medio ambiente, simplemente no son civilizados. De esta manera, tienen la capacidad de destruir la economía y la civilización reales.

Un rico tapiz de productos, incentivos y otras innovaciones (como bonos de inversión social, a menudo impulsados por las empresas fintech más éticas) están disponibles para que todos se conviertan en "inversores sociales". El sistema de intercambio es un gran trabajo colectivo de cooperación.

Ahora la expresión bien común, que parecía estar cayendo en desuso, recupera todo su significado. A menudo considerado como algo lejano, que concierne a muchos, pero tal vez no a mí. Con demasiada frecuencia, 'trabajar por el bien común' se ha entendido como hacer algo por los demás, sin entender que si bien hago algo por la comunidad, también lo hago por mi mismo. En la encíclica Caritas in Veritate, se nos da una definición muy actual: "Junto con el bien individual, hay un bien vinculado a la vida social de las personas: el bien común. Es el bien de ese ‘todos’, compuesto por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en una comunidad social". Hoy, frente a un mal colectivo, entendemos existencialmente que en el bien de nosotros, también está mi bien. También entendemos la etimología del término "común" de una manera diferente y nueva: cum-munus. Cum significa juntos, y munus es al mismo tiempo obligación, deber, pero también regalo. Entonces, el bien común solo se puede experimentar juntos y es tanto una tarea como un regalo. Los comportamientos colectivos que nos pide la emergencia de salud son un ladrillo del bien común, son un deber, pero también un regalo que nos damos a nosotros mismos, a los demás y a los demás. Son una forma concreta de cuidarse mutuamente.

Se piensa que estos días deben ir más allá y tratar de ver cuándo todo volverá a comenzar lentamente: ¿podrán la economía, las finanzas y los mercados estar a la altura de una nueva comprensión del bien común? Ya en el siglo XV, la escuela franciscana de economía invitó a considerar a las empresas como aquellos lugares y actividades que deben demostrar a la comunidad que no debe quitarle riqueza al bien común. Ahora que entendemos nuestras vidas y las de nuestros seres queridos, lo que significa no quitarle la riqueza al bien común, poder usarla cuando la necesitemos, quizás podamos aprovechar esta experiencia al pensar en los negocios del futuro. Un negocio no puede y no debe ser una herramienta para enriquecer a alguien a expensas de otros. Una empresa está bajo custodia de aquellos que deben hacer que funcione mejor, porque está al servicio de toda la comunidad y toda la comunidad debe poder evaluar su trabajo a la luz de los efectos sobre el bien común. Tendremos una economía más justa y más justa cuando los índices bursátiles comiencen a variar en función de cuánto se considera que las empresas sirven a la comunidad. E incluso cuando las ganancias se dividan naturalmente en acciones invertidas para mejorar las empresas, en proyectos de desarrollo y al servicio de la comunidad, así como en la remuneración de los accionistas. Queremos preparar un mundo en el que las personas más estimadas socialmente, aquellas con las que a muchos les gustaría ser retratadas en una selfie, sean aquellas que trabajan diariamente con la intención de cuidarse a sí mismas y a los demás. Si algo de esto sucede, la pandemia no habrá pasado en vano.

 

CÁTEDRA ABIERTA DE RESPONSABILIDAD SOCIAL Y CIUDADANA